Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Miércoles, septiembre 28 de 2016
 

Fe y Política

Textos convergentes del Papa Francisco y del Padre Camilo

Sábado 23 de enero de 2016

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El amor: esencia del Cristianismo

El que ama cumple con la ley dice San Pablo. Ama y haz lo que quieras, dice San Agustín. La señal más segura de predestinación es el amor al prójimo. San Juan nos dice: Si alguien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, es un mentiroso. Sin embargo, ese amor al prójimo tiene que ser eficaz

Reencuentros

El amor: esencia del Cristianismo

El que ama cumple con la ley dice San Pablo. Ama y haz lo que quieras, dice San Agustín. La señal más segura de predestinación es el amor al prójimo. San Juan nos dice: Si alguien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, es un mentiroso. Sin embargo, ese amor al prójimo tiene que ser eficaz. No seremos juzgados de acuerdo a nuestras buenas intenciones solamente, sino principalmente de acuerdo con nuestras acciones a favor de Cristo representado en cada uno de nuestros prójimos
[P. Camilo Torres, Encrucijadas de la Iglesia en América Latina, documento anexo a su carta al Obispo Coadjutor de Bogotá, abril 19 de 1965]

Por Pastoral yo entiendo el conjunto de actividades que deben ejercerse para implantar o incrementar el Reino de Dios en una sociedad y en una época determinada. Para poder llegar a un acuerdo sobre la esencia de la Pastoral es necesario estar de acuerdo sobre qué es el Reino de Dios () El Reino de Dios es la vida sobrenatural, es la justificación de la humanidad. Extender el Reino de Dios o establecerlo es un problema de Vida. Las actividades que deben ejercerse para implantar el Reino son aquellas que conduzcan más segura y eficazmente a la Vida. Dentro de éstas hay algunas prioridades. En mi concepto, el énfasis que hay que ponerle a los medios para establecer el Reino debe seguir el siguiente orden notando que estos medios no se excluyen sino que se complementan: 1) llevar a la gente a amar con amor de entrega (ágape); 2) predicar el Evangelio; 3) Culto externo (Eucaristía, sacramentos). ()

Dentro de la sociedad colombiana hay muchos que aman a los demás con amor de entrega, que niegan su condición de católicos, o por lo menos su adhesión a la Iglesia, entendiendo por Iglesia la estructura clerical de ésta. Si el esfuerzo pastoral se concentra en conservar la anterior situación, es posible que no se obtenga el establecimiento e incremento del Reino de Dios. Si se acepta la prioridad del amor sobre todo, y de la predicación sobre la actividad de culto, se tiene que abocar la jerarquía a una Pastoral de Misión ()
P. Camilo Torres, Carta al Obispo Coadjutor de Bogotá, abril 19 de 1965]

“El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer, Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Sin esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio.
[Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, noviembre 24 de 2014, # 39]

El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios hasta el punto de que quien no ama al hermano camina en las tinieblas (I Jn. 2, 11), permanece en la muerte (I Jn. 3, 14) y no ha conocido a Dios (I Jn. 4,8). Benedicto XVI ha dicho que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios (Deus Caritas est, # 230) y que el amor es en el fondo la única luz que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar (ibid. # 250). Por lo tanto, cuando vivimos la mística de acercarnos a los demás y de buscar su bien, ampliamos nuestro interior para recibir los más hermosos regalos del Señor. Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para conocer a Dios.
[Papa Francisco, Evangelii gaudium, # 272]

No basta ser bautizado para ser cristiano

“En muchas ocasiones se ha dicho que nuestros católicos son fetichistas. Puede ser que existan muchas manifestaciones; lo que sí es evidente es que en la predicación y enseñanza de la moral cristiana con las exigencias en materia sexual, en lo que más se insiste es en la observancia externa. Algunos insinúan maliciosamente que es lo que produce más dinero al sacerdote. Sin embargo, hay muchas prácticas externas, muy populares, no específicamente cristianas, quizás fetichistas, que no representan ningún lucro para éste. Con todo, los sacerdotes insisten en esas prácticas. Como herederos del catolicismo español hacemos énfasis en lo externo. Es lo más fácil y más masivo. () En el momento de la independencia de España, América Latina había sido evangelizada en extensión, pero no en profundidad. Había mucho bautizado pero poca conciencia cristiana () La Iglesia latinoamericana siguió siendo una Iglesia de rito externo y no de fe cristiana () Con riesgo de generalizar gratuitamente se puede decir que aquellos que más alarde hacen de su fe y de su clericalismo son los que menos aman a sus prójimos y que los que más sirven a sus hermanos son muchas veces los que no practican el culto externo de la Iglesia. La identificación como cristiano se hace en relación con la práctica del amor. Cuando se habla de católico la gente se refiere a la práctica externa. La Iglesia aparece constituida por una mayoría de personas que practican y no conocen su fe y una minoría que conoce su fe pero no la practica sino externamente. ¿Puede decirse que eso es cristiano? () La situación aparece como totalmente anómala: los que aman no tienen fe, y los que tienen fe (por lo menos en el sentido explícito) no aman.
[P. Camilo Torres, documento: Encrucijadas de la Iglesia en América latina, anexo a su carta al Obispo Coadjutor de Bogotá, abril 19 de 1965]

Es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos. En muchas partes hay un predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización. ()

También es cierto que a veces el acento, más que en el impulso de la piedad cristiana, se coloca en formas exteriores de tradiciones de ciertos grupos, o en supuestas revelaciones privadas que se absolutizan. Hay cierto cristianismo de devociones, propio de una vivencia individual y sentimental de la fe, que en realidad no responde a un auténtica piedad popular. Algunos promueven estas expresiones sin preocuparse por la promoción social y la formación de los fieles, y en ciertos casos lo hacen para obtener beneficios económicos o algún poder sobre los demás ()
[Papa Francisco, Evangelii gaudium, No. 63 y 70]

La ciencia y la técnica aterrizan el compromiso de fe

La desconfianza ante los descubrimientos científicos que muchos cristianos experimentan puede tener varias explicaciones: o que esos descubrimientos no proceden de una ciencia auténtica, o que una hipótesis científica sea presentada como tesis, o que se crea (puede ser solamente como una reacción subconsciente) que los descubrimientos científicos pueden llegar a contradecir algunos de nuestros dogmas. Esta última posición, respecto de una investigación verdaderamente auténtica, procede de una falta de confianza (aunque sea subconsciente) en nuestras verdades reveladas. Nada que sea verdadero podrá llegar a contradecir nuestra fe. Todo lo positivo, todo lo verdadero, todo lo bueno, todo lo auténticamente científico es nuestro. Los cristianos no tenemos nada que temer de lo que sea auténtico, no importa en qué campo se realice () Además, el conocimiento que se tenga del hombre y de la sociedad no puede ser un conocimiento empírico solamente. Necesitamos conocer científica y profundamente la mentalidad del hombre de hoy y de las sociedades que él constituye. () Por eso es necesario que los cristianos tratemos de tecnificar el conocimiento que debemos tener de las inquietudes del mundo actual. El estudio de las ciencias sociales, como instrumento para conocer esas inquietudes, para resolverlas no en abstracto ni tampoco separadas de nuestros principios fundamentales es hoy en día indispensable para todos los que quieran llevar un testimonio de Cristo, tanto en la predicación como en el ejemplo; es muy distinta la actuación de un cristiano que vive y comprende las necesidades de sus hermanos a otro que, conociendo ampliamente la revelación, esté completamente alejado de éstas.
[P. Camilo Torres: El Cristianismo es un humanismo integral, artículo en la revista Cathedra, octubre/diciembre de 1956]

“Las realidades naturales son alcanzadas por la razón y las sobrenaturales son alcanzadas por la fe. ¿Pero es posible separar lo natural de lo sobrenatural? ¿El cristiano con vida sobrenatural, poseedor de la gracia, puede en el terreno de lo natural explotar a sus colaboradores? ¿Puede tener intervenciones políticas deshonestas?
Las realidades totalmente naturales podemos conocerlas por la observación y la razón Tenemos tres grados o estamentos para adquirir un conocimiento: observación, raciocinio, abstracciones universales () Por consiguiente podemos tener una filosofía inmutable, adaptable a nuestra fe, y de ahí podríamos definir como filosofía cristiana aquella que llega a principios universales que no se oponen a la verdad revelada. En este campo, pues, tenemos comunidad de ideas con todas las personas, cristianas o no, que han llegado a nuestra misma filosofía. Al aceptar los principios filosóficos universales, no obtenidos a través de la fe, estamos en un campo de comunión con los no cristianos, materialistas, espiritualistas, ateos, panteístas, etc,. () En el terreno de las leyes científicas es mucho más fácil la comunidad con una mayor parte de la humanidad. ()
Lo sobrenatural no está superpuesto al hombre como un sombrero. Está unido substancialmente a lo natural; la unidad está en el hombre, en Cristo, en Dios. El usar las cosas naturales implica actos sobrenaturales si estamos elevados a la dignidad de hijos de Dios. Para el cristiano todo es sobrenatural; al actuar hace actos sobrenaturales, no sobrenaturaliza las cosas. () El no cristiano, al no tener la vida sobrenatural, no merece, aunque su conocimiento sea más valedero. El médico no cristiano, por ejemplo, puede ser mejor médico que un médico cristiano, lo mismo el filósofo, el químico, el artista.
El integrismo consiste en creer que lo sobrenatural da por sí mayor eficacia que lo natural. En lo natural lo cristiano, por serlo, no es más eficaz. Por lo tanto, la ciencia, la política, la economía, etc., orientadas, encontradas por los no cristianos, pueden ser más eficaces que las halladas por los cristianos.
En lo natural, en lo temporal, los cristianos no se diferencian de los demás. Pero tenemos la obligación de diferenciarnos, de ser mejores Tenemos como imperativo el amor, que si es real, debe ser eficaz integralmente, tanto en lo natural como en lo sobrenatural
[P. Camilo Torres, conferencia en Radio Sutatenza, septiembre de 1963].

“Las ciencias sociales han dejado de ser especulativas simplemente y comienzan a ser positivas. Han abandonado los universales para volverse inductivas. Están partiendo de una observación sistemática para llegar a una generalización lógica de constantes () Podemos afirmar que en el conocimiento natural de realidades naturales, los cristianos podemos y tenemos que estar de acuerdo con una inmensa parte de la humanidad.
[P. Camilo Torres, El Hombre bidemensional, conferencia en el teatro de Radio Sutatenza, septiembre de 1963]

“Yo opté por el cristianismo por considerar que en él encontraba la forma más pura de servir a mi prójimo. Fui elegido por Cristo para ser sacerdote eternamente, motivado por el deseo de entregarme de tiempo completo al amor de mis semejantes. Como sociólogo, he querido que ese amor se vuelva eficaz, mediante técnica y la ciencia (,,,)”
[P. Camilo Torres, Declaración al pedir su reducción al estado laical, junio 24 de 1965]
“La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad. La tarea de los exégetas y de los teólogos ayuda a madurar el juicio de la Iglesia. De otro modo también lo hacen las demás ciencias. Refiriéndose a las ciencias sociales, por ejemplo, Juan Pablo II ha dicho que la Iglesia presta atención a sus aportes para sacar indicaciones concretas que le ayuden a desempeñar su misión de Magisterio.
Además, en el seno de la Iglesia hay innumerables cuestiones acerca de las cuales se investiga y se reflexiona con amplia libertad. Las distintas líneas de pensamiento filosófico, teológico y pastoral, si se dejan armonizar por el Espíritu en el respeto y el amor, también pueden hacer crecer a la Iglesia, ya que ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra. A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio

Las enseñanzas de la Iglesia sobre situaciones contingentes están sujetas a mayores o nuevos desarrollos y pueden ser objeto de discusión, pero no podemos evitar ser concretos sin pretender entrar en detalles- para que los grandes principios sociales no se queden en meras generalidades que no interpelan a nadie. Hace falta sacar sus consecuencias prácticas para que puedan incidir eficazmente también en las complejas situaciones actuales. Los pastores, acogiendo los aportes de las distintas ciencias, tienen derecho a emitir opiniones sobre todo aquello que afecta a la vida de las personas

Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos. Puedo repetir aquí lo que lúcidamente indicaba Pablo VI: Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil pronunciar una palabra única, como también proponer una solución con valor universal. No es este nuestro propósito ni tampoco nuestra misión. Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país (Pablo VI, Octogesima adveniens , 4)

El diálogo entre ciencia y fe también es parte de la acción evangelizadora que pacifica. El cientismo y el positivismo se rehúsan a admitir como válidas las formas de conocimiento diversas de las propias de las ciencias positivas (Juan Pablo II, Fides et ratio). La Iglesia propone otro camino, que exige una síntesis entre un uso responsable de las metodologías propias de las ciencias empíricas y otros saberes como la filosofía, la teología, y la misma fe, que eleva al ser humano hasta el misterio que trasciende la naturaleza y la inteligencia humana. La fe no le tiene miedo a la razón; al contrario, la busca y confía en ella, porque la luz de la razón y la de la fe provienen ambas de Dios (Santo Tomás de Aquino, Suma Contra Gentiles, I, VII), y no pueden contradecirse entre sí. La evangelización está atenta a los avances científicos para iluminarlos con la luz de la fe y de la ley natural, en orden a procurar que respeten siempre la centralidad y el valor supremo de la persona humana en todas las fases de su existencia. Toda la sociedad puede verse enriquecida gracias a este diálogo que abre nuevos horizontes al pensamiento y amplía las posibilidades de la razón. También este es un camino de armonía y de pacificación.
La Iglesia no pretende detener el admirable progreso de las ciencias. Al contrario, se alegra e incluso disfruta reconociendo el enorme potencial que Dios ha dado a la mente humana. Cuando el desarrollo de las ciencias, manteniéndose con rigor académico en el campo de su objeto específico, vuelve evidente una determinada conclusión que la razón no puede negar, la fe no la contradice. Los creyentes tampoco pueden pretender que una opinión científica que les agrada, y que ni siquiera ha sido suficientemente comprobada, adquiera el peso de un dogma de fe. Pero, en ocasiones, algunos científicos van más allá del objeto formal de su disciplina y se extralimitan con afirmaciones o conclusiones que exceden el campo de la propia ciencia. En ese caso, no es la razón lo que se propone, sino una determinada ideología que cierra el camino a un diálogo auténtico, pacífico y fructífero.

[Papa Francisco, Evangelii gaudium, # 40, 182, 184, 242, 243]]

La fe impulsa a salir a las periferias
y a involucrarse en procesos liberadores

El cristiano como tal, y si quiere serlo realmente y no solo de palabra, debe participar activamente en los cambios. La fe pasiva no basta para acercarse a Dios: es imprescindible la caridad. Y la caridad significa, concretamente, vivir el sentimiento de la fraternidad humana. Ese sentimiento se manifiesta hoy en los movimientos revolucionarios de los pueblos, en la necesidad de unir a los países débiles y oprimidos para acabar con la explotación, y en todo eso, nuestra posición está claramente de este lado y no del lado de los opresores. Por eso a veces un poco en broma pero también bastante en serio, me pongo intransigente y le digo a mi gente: El católico que no es revolucionario y no está con los revolucionarios, está en pecado mortal
[P. Camilo Torres, reportaje al periodista Adolfo Gilly del semanario Marcha, de Montevideo, junio 4 de 1965]

“Todo lo que adormece conciencias, adormece la actividad de los obreros y de los campesinos porque les dice: ustedes estén tranquilos, sufran en esta vida las injusticias y los bajos salarios que tendrán un premio en el cielo. Nosotros no podemos tolerar que algo tan sagrado como la religión siga siendo un instrumento de explotación de las clases oligárquicas. Nosotros los cristianos tenemos que rebelarnos, demostrarle al pueblo que lo esencial del cristianismo no es usar escapularios ni asistir a procesiones; que lo esencial del cristianismo está en el amor al prójimo y que este amor al prójimo para ser eficaz necesita un cambio del poder político para que las leyes hablen a favor de las mayorías () En estos problemas angustiosos de Colombia, qué nos va y qué nos viene estar discutiendo entre católicos y comunistas si Dios existe o si Dios no existe, si todos estamos convencidos de que la miseria sí existe. ¿Por qué estamos encerrados por ahí en los cafetines, discutiendo si el alma es mortal o si el alma es inmortal, cuando sabemos que la miseria sí es mortal? No nos vamos a dejar engañar por estas discusiones, vamos a las cosas que benefician a la clase popular colombiana, vamos a hacer una campaña, vamos a hacer lo que, por lo cual seremos juzgados los cristianos: si hemos dado de comer, si hemos dado de beber, si hemos dado vivienda, si hemos dado vestido, si hemos dado educación. Por eso seremos juzgados. Nadie nos va a juzgar por si usamos una medallita o no la usamos, nadie nos va a juzgar por tener una devoción a tal santo o a tal otro. Nosotros creemos que Cristo está en cada uno de nuestros prójimos, sea comunista, sea protestante y que, especialmente, Cristo está en cada uno de los pobres de Colombia porque lo que hagamos con cualquiera de los pobres, lo hacemos con Cristo.
[P. Camilo Torres, conferencia en Barranquilla, agosto 6 de 1965]
“En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de salida que Dios quiere provocar en los creyentes. Abraham aceptó la llamada a salir hacia una tierra nueva (Gen. 12, 1-3). Moisés escuchó la llamada de Dios. Ve, yo te envío (Ex. 3,19), e hizo salir al pueblo hacia la tierra de la promesa (Ex. 3,17). A Jeremías le dijo: Adondequiera que yo te envíe irás (Jer. 1,7). Hoy, en este id de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva salida misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar esta llamada: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio

La Iglesia en salida es la comunidad de los discípulos que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. Primerear: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (I Jn. 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. Atrevámonos un poco más a primerear. Como consecuencia, la Iglesia sabe involucrarse. Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a sus discípulos: Seréis felices si hacéis esto (Jn. 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así olor a oveja y estas escuchan su voz. Luego la comunidad evangelizadora se dispone a acompañar. Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe fructificar. La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora ()”

En sectores de nuestras sociedades crece el aprecio por diversas formas de espiritualidad del bienestar sin comunidad, por una teología de la prosperidad sin compromisos fraternos o por experiencias subjetivas sin rostros, que se reducen a una búsqueda interior inmanentista.
Un desafío importante es mostrar que la solución nunca consistirá en escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos comprometa con los otros. Eso es lo que hoy sucede cuando los creyentes procuran esconderse y quitarse de encima a los demás, y cuando sutilmente escapan de un lugar a otro o de una tarea a otra, quedándose sin vínculos profundos y estables: Imaginatio locorum et mutatio multos fefellit (La imaginación y mudanza de lugares engañó a muchos: Tomás de Kempis en La Imitación de Cristo, libro I, IX, 5).
Es un falso remedio que enferma el corazón y a veces el cuerpo. Hace falta ayudar a reconocer que el único camino consiste en aprender a encontrarse con los demás con la actitud adecuada, que es valorarlos y aceptarlos como compañeros de camino, sin resistencias internas. Mejor todavía, se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los demás, en su voz, en sus reclamos. También es aprender a sufrir en un abrazo con Jesús crucificado cuando recibimos agresiones injustas o ingratitudes, sin cansarnos jamás de optar por la fraternidad.

[Papa Francisco, Evangelii gaudium, # 20 , 24, 90, 91]]

Sumergidos en un sistema excluyente éticamente inaceptable

“Las decisiones gubernamentales son realmente las que podrían rompernos el círculo vicioso económico. Ahora, estas decisiones gubernamentales son para las minorías, ¿por qué? Porque en Colombia los grupos de presión son minoritarios. Aquí ya estamos poniendo el dedo en la llaga propiamente, viendo que los problemas del subdesarrollo son problemas de orden técnico naturalmente, pero que esos problemas técnicos necesitan decisiones gubernamentales, se necesita el poder para resolverlos y si el poder está (el poder real, porque el poder formal siempre estará) en manos de minorías, no podemos exigir que los funcionarios y los administradores sean las mayorías del país, son minorías siempre () Cómo está concentrado el factor económico, y alrededor del factor económico también está el factor político concentrado y sometido también por el conformismo, y cómo este mecanismo del conformismo al factor económico opera también en el factor burocrático, en el factor eclesiástico, en el factor militar. Cómo el factor económico, a través del conformismo, opera a través de esas otras instituciones; la Iglesia sometida al poder económico, el ejército sometido al poder económico, la burocracia sometida al poder económico, la jerarquía política también sometida al poder económico () Esto suscita realmente reacciones que son sentimentales porque si vamos a ver los datos estadísticos, si vamos a ver las realidades socioeconómicas, las actitudes de las personas, creo que, si somos realistas y sinceros con nosotros mismos, tenemos que reconocerlo”
P. Camilo Torres, conferencia en la Universidad de Nariño, mayo 19 de 1965]

“Así como el mandamiento de no matar pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se bote comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego botar. Hemos dado inicio a la cultura del descarte, que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son explotados sino desechos, sobrantes..
En este contexto, algunos defienden todavía las teorías del derrame, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncada por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera

[Papa Francisco, Evangelii gaudium, # 53 y 54]

Un sistema destructor que se ha hecho global

El fenómeno colombiano desde el punto de vista económico es que la mayoría de los capitalistas colombianos están asociados a los capitalistas extranjeros. Tanto en los Estados Unidos como aquí mismo, las grandes empresas que llevan el nombre de colombianas en general, tienen mayoría de capital norteamericano
[P. Camilo Torres, declaraciones al Colegio Nacional de Periodistas, septiembre de 1965]

Sabemos que los Estados Unidos en algún tiempo plantearon como fundamental para reconocer a los países latinoamericanos que sean democráticos, democráticos ellos querían decir que se hicieran elecciones nosotros sabemos que las elecciones pueden ser anti-democráticas como sucede en Colombia-, pero ellos ya se han quitado esa careta: por el Presidente actual han dicho que lo que les importa es que los gobiernos no sean comunistas y además han agregado algo muy grave: han dicho que intervendrán siempre que haya un movimiento o comunista o contrario a los intereses de los Estados Unidos. De modo que todo gobierno que busque la liberación económica de su propio país será víctima de intervenciones de los Estados Unidos
[P. Camilo Torres, conferencia en Barranquilla, agosto 6 de 1965]

La función de las instituciones militares es la de la conservación del orden establecido. En los países subdesarrollados es la élite minoritaria la más interesada en conservar ese orden del cual dependen sus privilegios. Por otra parte, la vida económica del ejército depende del presupuesto oficial aprobado por el parlamento, y en ocasiones, como en Colombia, los grados más altos son conferidos o aprobados también por éste. En esta forma las fuerzas armadas también dependen, en un aspecto capital, del grupo dominante y éste a su vez dependerá del ejército para el mantenimiento del orden () El control de la minoría dirigente se realiza mediante algunos compromisos con el poder militar. La élite política, económica, cultural, estará dispuesta inclusive a dar el gobierno del país a las fuerzas armadas, a condición de que conserven las estructuras vigentes. Los militares harán respetar la clase dominante hasta el punto en que sus privilegios sean otorgados en forma proporcional a la urgencia que haya de su intervención. En caso de guerra internacional o civil, en caso de recrudecimiento de la violencia en el país, estos privilegios tendrán que ser mayores que los otorgados en casos normales. Si no aumentan proporcionalmente, habrá un conflicto que podrá culminar en un golpe militar.
[P. Camilo Torres, ponencia en el Primer Congreso de Sociología,marzo de 1963]

¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña de nuestros barrios cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?
Entonces digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.
Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?
Si esto es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra, como decía San Francisco. ()
Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba el estiércol del diablo. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común.
No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se pueda hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos ()
Quisiera proponer tres grandes tareas () La primera es poner la economía al servicio de los pueblos. Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra.
La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un decoroso sustento. Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a las tres T (Tierra/Techo/Trabajo) por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad prosperidad sin exceptuar bien alguno () Esto implica las tres T pero también acceso a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación.
Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: vivir bien. Que no es lo mismo que ver pasar la vida.
Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de todos los hombres y de todo hombre.
El problema, en cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que además de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, además de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan la Madre Tierra en aras de la productividad, sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús. Contra la Buena Noticia que trajo Jesús.
La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece.
El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando los pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.
[Papa Francisco, alocución a los movimientos populares reunidos en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, el 9 de julio de 2015]

Es imperativo un cambio de estructuras

“Cuando nosotros nos damos cuenta de que en este momento en Colombia se han concentrado el poder político, el poder cultural, el poder eclesiástico, el poder militar, en unas mismas manos y cuando nos damos cuenta que esas manos no representan a las mayorías sino a las minorías y cuando nos damos cuenta que aquellos que representan esas minorías en las cuales las mayorías no se ven reflejadas- son los que tienen el poder político y el poder de decidir sobre las transformaciones fundamentales del país, entonces tenemos que llegar a la conclusión de que esa minoría no puede seguir decidiendo
[P. Camilo Torres, conferencia en el sindicato de Bavaria, julio 14 de 1965]

Buscar el cambio, buscar la revolución, es decir, el cambio de poder de la minoría a la mayoría, buscar que la clase popular se tome el poder, es la única garantía del bienestar de la clase obrera y de los campesinos y por lo tanto esta lucha tiene que estar en el primer capítulo del orden del día
[P. Camilo Torres, conferencia en Barranquilla, agosto 6 de 1965]

[llamo revolución]a un cambio fundamental de las estructuras económicas, sociales y políticas. Considero esencial la toma del poder por la clase popular ya que a partir de ella vienen las realizaciones revolucionarias que deben ser preferencialmente sobre la propiedad de la tierra, la reforma urbana, la planificación integral de la economía, el establecimiento de relaciones internacionales con todos los países del mundo, la nacionalización de todas las fuentes de producción, de la banca, los transportes, los hospitales, los servicios de salud, así como otras reformas que sean indicadas por la técnica para favorecer las mayorías y no las minorías, como acontece hoy día
P. Camilo Torres, reportaje al periodista francés Jean Pièrre Sergent, 1965]

Estamos convencidos que la base de la revolución es el cambio del poder: que pase de manos de una minoría a manos de la clase popular. Por eso el objetivo que se ha planteado para ese movimiento es la toma del poder y nosotros, los que queremos ser solidarios con la clase popular colombiana, vamos a tomarnos ese poder cueste lo que cuesta
[P. Camilo Torres, conferencia en Villavicencio, agosto 21 de 1965]

La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales.
La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica, pero a veces parecen sólo apéndices agregados desde fuera para completar un discurso político sin perspectivas ni programas de verdadero desarrollo integral.
¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia. Otras veces sucede que estas palabras se vuelven objeto de un manoseo oportunista que las deshonra. La cómoda indiferencia ante estas cuestiones vacía nuestra vida y nuestras palabras de todo significado
[Papa Francisco, Evangelii gaudium, # 202 y 203]

Misericordia que exige revolución

En las circunstancias actuales de América Latina, nosotros vemos que no se puede dar de comer, ni vestir, ni alojar a las mayorías. Los que detentan el poder constituyen esa minoría económica que domina el poder político, el poder cultural, el militar y, desgraciadamente, también el eclesiástico en los países en los que la Iglesia tiene bienes temporales. Esa minoría no producirá decisiones en contra de sus intereses. Por eso las decisiones gubernamentales no se hacen a favor de las mayorías. Para darles de comer, beber, vestir, se necesitan decisiones básicas que sólo pueden proceder del gobierno. Las soluciones técnicas las tenemos o las podemos obtener. Pero ¿quién decide su aplicación? ¿la minoría en contra de sus propios intereses? Es un absurdo sociológico que un grupo actúe contra sus propios intereses.
[P. Camilo Torres, documento Encrucijadas de la Iglesia en América latina, anexo a su carta al Obispo Coadjutor de Bogotá, abril 19 de 1965]

Al analizar la sociedad colombiana me he dado cuenta de la necesidad de una revolución para poder dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo y realizar el bienestar de las mayorías de nuestro pueblo. Estimo que la lucha revolucionaria es una lucha cristiana y sacerdotal. Solamente por ella, en las circunstancias concretas de nuestra patria podemos realizar el amor que los hombres deben tener a sus prójimos
[P. Camilo Torres, Declaración al pedir su reducción al estado laical, junio 24 de 1965]

Lo principal en el catolicismo es el amor al prójimo. El que ama a su prójimo cumple con la ley (Rom.13,8). Este amor para que sea verdadero tiene que buscar la eficacia. Si la beneficencia, la limosna, las pocas escuelas gratuitas, los pocos planes de vivienda, lo que se ha llamado la caridad, no alcanza a dar de comer a la mayoría de los hambrientos, ni a vestir a la mayoría de los desnudos, ni a enseñar a la mayoría de los que no saben, tenemos que buscar medios eficaces para el bienestar de las mayorías. Esos medios no los van a buscar las minorías privilegiadas que tienen el poder, porque generalmente esos medios eficaces obligan a las minorías a sacrificar sus privilegios () Es necesario, entonces, quitarles el poder a las minorías privilegiadas para dárselo a las mayorías pobres. Esto, si se hace rápidamente, es lo esencial de una revolución () La revolución, por lo tanto, es la forma de lograr un gobierno que dé de comer al hambriento, que vista al desnudo, que enseñe al que no sabe, que cumpla con las obras de caridad, de amor al prójimo no solamente en forma ocasional y transitoria, no solamente para unos pocos, sino para la mayoría de nuestros prójimos. Por eso la revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos.
[P. Camilo Torres, Mensaje a los Cristianos, agosto 26 de 1965]
Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vida que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado (#2)

Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales.. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas. Soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.
No podemos escapar a las palabras del Señor y con base en ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (Cfr. Mateo 25, 31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos más pequeños está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de San Juan de la Cruz: En el ocaso de nuestras vidas seremos juzgados en el amor
[Papa Francisco, Bula Misericordiae vultus, de convocación al Jubileo Extraordinario de la Misericordia (8 dic. 2015 a 20 nov. 2016) # 2 y 15]

Creer en los pobres
Trabajar con los pobres, no para los pobres

El que hace la revolución es el pueblo. ¿Por qué es el pueblo? Porque la revolución no se hace a base de conversaciones sino de hechos y los hechos los pone el pueblo. Nosotros solamente podemos dirigir, ilustrar, estimular, colaborar, pero los hechos fundamentales no los vamos a poner las minorías que constituyen los intelectuales, los universitarios. Es muy importante tener esta convicción profunda de que los mayores valores revolucionarios, tanto desde el punto de vista conceptual, aunque no lo manifiesten en una forma conveniente para nosotros, como desde el punto de vista de la acción, la creación de los hechos, los elementos revolucionarios principales están en el pueblo
[P. Camilo Torres, Conferencia en la Universidad Nacional de Bogotá, junio 2 de 1965]

Nadie puede ser verdadero revolucionario si no confía en los valores del pueblo. Es lo único que nos puede librar del paternalismo práctico de que adolecen aun nuestros dirigentes de izquierda. Debemos saber que cuando vamos a la base de nuestro pueblo es mucho más para aprender que para enseñar. Puede ser que esa base tenga más dificultad para comunicar sus valores. En esa comunicación nosotros debemos esforzarnos para poder aprovechar lo que nos enseñe el pueblo. En él existen necesidades comunes, aspiraciones comunes. Por eso será, en última instancia, el pueblo el que nos enseñará cómo debemos realizar la unión
[P. Camilo Torres, Conferencia en la Universidad Nacional de Boogotá, mayo 22 de 1965]

Yo no creo en un revolucionario que íntimamente no crea que el campesino analfabeto tiene valores inmensos y que es él el que nos dará los recursos humanos, morales y también los recursos para la lucha necesarios para hacer la revolución. Únicamente los revolucionarios que crean en su pueblo son los revolucionarios verdaderos. Si no cree en su pueblo es que es caudillista; si no cree en su pueblo es que no trata de apoyarse en la masa y en la voluntad popular.
[P. Camilo Torres, Conferencia en Villavicencio, agosto 21 de 1965]

Es necesario que comencemos ya. Que nos mezclemos con las masas, que vivamos, no solamente para los pobres, sino con los pobres y como pobres. La integración con las masas es un elemento esencial a la revolución y a la unión. Estas no son patrimonio nuestro sino de los obreros y campesinos de Colombia. Ellos serán los que nos traigan la pauta, los que nos exijan, los que impongan la unión por encima de grupos y de personalismos caudillistas. Para los que conocen íntimamente a nuestra gente, la frase de Gaitán de que en Colombia el pueblo es superior a sus dirigentes no es una frase demagógica sino absolutamente real. Yo creo que solamente la dinámica de los hechos impondrá la unión y estos hechos los tendrá que realizar la masa
[P. Camilo Torres, Conferencia en la Universidad Nacional, mayo 22 de 1965]

Creo que una de las tendencias de la reforma actual de la Iglesia es una renovación del concepto auténtico de la pobreza cristiana. Los cristianos tenemos mucho aprecio por el concepto de pobreza espiritual, pero en ocasiones nos aferramos tanto al concepto espiritual de la pobreza para evadir la pobreza material. Personalmente yo no creo en la pobreza espiritual que no se refleje en la pobreza material, ni en una pobreza individual de personas que pertenecen a una sociedad rica. Creo que la pobreza debe ser material, individual y social, además de espiritual. La renovación de este concepto se tendrá que traducir en toda la vida exterior de los cristianos y de la misma Iglesia. ()
A los eclesiásticos nos cuesta trabajo ligar nuestro amor al prójimo a un cambio fundamental de las instituciones del país. Utilizar la beneficencia para solucionar estos problemas tan graves, es como creer que el cáncer se puede curar con mejoral. Los sacerdotes deberíamos trabajar con los pobres, no para los pobres, a fin de que éstos sean los que realicen sus conquistas por organización y por presión
[P. Camilo Torres, Reportaje en el Magazine de El Espectador, junio 13 de 1965]

Es evidente que las únicas iglesias progresistas de la tierra son las iglesias pobres
[P. Camilo Torres, reportaje en La Patria, de Manizales, junio 14 de 1965]

¿Qué puedo hacer yo, cartonero, basuriego, recicladora, frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir al avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas?
Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden hacer mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana del las tres t (trabajo, techo y tierra), y también en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio. Cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!
Ustedes son sembradores de cambio. Aquí he escuchado una frase que me gusta mucho: proceso de cambio. El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir.
Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, reemplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar proceso y no por ocupar espacios. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por vivir bien. Dignamente, en ese sentido.
Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se rebela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos rostros y esos nombres, se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos Todos nos conmovemos, porque hemos visto y oído, no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o a la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.
Ustedes viven cada día empapados, en el nudo de la tormenta humana. () Ustedes trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata.
Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas, por la autoconstrucción de viviendas y desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a las tres T: tierra, techo y trabajo.
Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias porque las hay, las tenemos, y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas, necesitamos instaurar esta cultura del encuentro porque ni los conceptos ni las ideas se aman; se aman las personas.
La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.
Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no solo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.
Los felicito. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los Pueblos y sus organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores de cambio. Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza de que tarde o temprano vamos a ver los frutos.
A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.
La Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. ()
No esperen del Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.
[Papa Francisco, alocución a los movimientos populares en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, el 9 de julio de 2015

Ni laicos ni sacerdotes puede eximirse del compromiso por la justicia

“Los cristianos, los católicos parecen estoicos espectadores del derrumbe de un mundo que les parece ajeno. No se comprometen en la lucha. Creen que en las palabras: mi Reino no es de este mundo”, mundo tiene la significación de vida presente y no de vida pecaminosa como lo es en realidad. Olvidan la oración de Cristo al Padre: No te pido que los saques del mundo sino que los preserves del mal. Muchas veces nos salimos del mundo y no nos preservamos del mal.
En la medida en que la comunidad se ama, el sacerdote ofrece más auténticamente el sacrificio eucarístico. Este no es un ofrecimiento individual sino colectivo. Si no hay amor entre los que ofrecen, no debe haber ofrecimiento a Dios.
De ahí que si los laicos no se comprometen en la lucha por el bienestar de sus hermanos, el sacerdocio tiende a volverse ritual, individual, superficial. El sacerdote tiene la obligación de suplir a los laicos en sus compromisos temporales, si esto se lo exige el amor al prójimo. Cuando este amor parece que ha dejado de considerarse como patrimonio de la Iglesia, es necesario dar un testimonio contundente de que la comunidad de la Iglesia comunitaria consiste en la caridad.
Desgraciadamente el testimonio de los laicos aún no se identifica ante la opinión con el testimonio de la Iglesia. El sacerdote, en este caso, debe dar el testimonio, mientras se educa la opinión pública y se le muestra que el testimonio de todo bautizado es testimonio de la Iglesia.
Ver a un sacerdote mezclado en luchas políticas y abandonando el ejercicio externo de su sacerdocio es algo que repugna a nuestra mentalidad tradicional. Sin embargo, pensemos detenidamente que pueden existir razones de amor al prójimo y de testimonio que son sacerdotales y que impulsan a este compromiso para cumplir con la propia conciencia y, por lo tanto, con Dios.
Cuando los cristianos vivan fundamentalmente para el amor y para hacer que otros amen; cuando la fe sea una fe inspirada en la VIDA y especialmente en la VIDA DE DIOS, de Jesús y de la Iglesia; cuando el rito externo sea la verdadera expresión del amor dentro de la comunidad cristiana, podremos decir que la IGLESIA ES FUERTE, sin poder económico y sin poder político, pero con CARIDAD.
Si el compromiso temporal de un sacerdote en luchas políticas contribuye a eso, parece que su sacrificio puede justificarse
[P. Camilo Torres, Documento: Encrucijadas de la Iglesia en América latina, anexo a su carta al Obispo Coadjutor de Bogotá, abril 19 de 1965]

Yo vengo de una familia que no era practicante, más bien de librepensadores. Y encontré el cristianismo como una forma de vivir el amor al prójimo, el amor a los semejantes. Al ver la importancia que tiene esto, resolví dedicarme al amor al prójimo de tiempo completo y por eso me hice sacerdote. Cuando vi que la caridad, el amor, para ser sincero y verdadero era necesario que fuera eficaz, entonces vi que era necesario unirlo a la ciencia y por eso me hice sociólogo. Pero al estudiar la sociología, me di cuenta que para darle de comer a las mayorías, no bastaba con la beneficencia del paternalismo, sino que había que organizar a nuestra sociedad en una forma diferente. Por todos los modos traté de que esto lo hicieran los laicos católicos, para que realizaran esa transformación estructural en Colombia, en beneficio de mis hermanos. Sin embargo, vi que, o no se quería hacer, o no se podía hacer, y después de haber ensayado por muchos medios, de recurrir a los políticos de la oposición, me resolví yo mismo a plantearlo al pueblo directamente. Plantearle una solución y esa solución ha sido acogida por diversos motivos. Entonces yo estoy ante una alternativa de dejar al pueblo de Dios por seguir una disciplina externa, o sacrificar, no la disciplina porque creo que la disciplina no la he sacrificado, sino las formas externas de mi sacerdocio por dedicarme al pueblo de Dios, que yo creo que es una labor también sacerdotal, aunque no de culto, pero sí, de acuerdo con la concepción teológica del sacerdocio, es un requisito indispensable para poder ofrecer el sacrificio de la Misa, el sacrificio eucarístico: lograr que el pueblo de Dios se ofrezca antes a sus semejantes, y lograr que el pueblo de Dios se unifique en torno al amor, para después entregarse a Dios
P. Camilo Torres, declaraciones al Colegio Nacional de Periodistas, agosto/septiembre de 1965]
Una auténtica fe que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia (Benedicto XVI, Deus caritas est). Todos los cristianos, también los pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo. Al mismo tiempo, une el propio compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión como en el ámbito práctico (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 12).

Los pastores, acogiendo los aportes de las distintas ciencias, tienen derecho a emitir opiniones sobre todo aquello que afecte a la vida de las personas, ya que la tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano. Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo de ahí que la conversión cristiana exija revisar especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común (Juan Pablo II, Exhortación postsinodal Ecclesia in America).

“Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Esta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales. Si bien puede decirse en general que la vocación y la misión propia de los fieles laicos es la transformación de las distintas realidades terrenas para que toda actividad humana sea transformada por el Evangelio, nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social. La conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, SON REQUERIDOS A TODOS. Temo que también estas palabras sólo sean objeto de algunos comentarios sin una verdadera incidencia práctica. No obstante, confío en la apertura y las buenas disposiciones de los cristianos, y os pido que busquéis comunitariamente nuevos caminos para acoger esta renovada propuesta.

Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo. La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas, políticas (Benedicto XVI: Caritas in veritate, 2009). ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire sus planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social.

Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos.”

[Papa Francisco, Evangelii gaudium, # 182, 183, 201, 205 y 207.]

La violencia es engendrada por las estructuras injustas

“Se me ha dicho muchas veces que predico la revolución violenta; pero es interesante saber por qué la clase dirigente me hace aparecer como defensor de una revolución violenta. Ustedes se han dado cuenta de que mis planteamientos se reducen a que las mayorías ejerzan el poder, para que las decisiones gubernamentales sean a favor de las mayorías y no de las minorías. Y como todos sabemos que esto no es fácil, yo he dicho que debemos prepararnos para el caso de que las minorías se opongan por medio de la violencia a que las clases mayoritarias ejerzan el poder. Y sin embargo ustedes ven las publicaciones de la gran prensa e inclusive las reacciones de la jerarquía eclesiástica que me ha condenado dizque porque estoy defendiendo la revolución violenta. ¿Qué es lo que sucede entonces con la clase dirigente? Que ella sabe que quien va a definir sobre la pacificidad, es decir, el que la revolución sea pacífica o el que la revolución sea violenta, es ella. La decisión no está en manos de la clase popular sino en manos de la clase dirigente. Y como la clase popular comienza a organizarse valerosamente, con disciplina, con decisión, y como nosotros no nos estamos organizando para las elecciones, entonces se apresura a decir que estamos organizando la revolución violenta. ()
Pero la violencia se hace con armas, con granadas, con tanques, con una cantidad de medios costosos de los cuales no disponen las clases populares, por eso los que deciden sobre la violencia son quienes pueden costearla. Un campesino no venderá una vaca que le da leche para sus hijos con el fin de comprar una ametralladora sino en el caso extremo de que haya personas que van a acabar con la vida de sus hijos con otra ametralladora. De manera que si el campesino se arma, ¿por qué lo hará? ¿De quién va a defenderse
[P. Camilo Torres, Conferencia en el Sindicato de Bavaria, julio 14 de 1965]

Estoy convencido que es necesario agotar todas las vías pacíficas y que la última palabra sobre el camino que hay que escoger no pertenece a la clase popular, ya que el pueblo, que constituye la mayoría, tiene derecho al poder. Es necesario más bien preguntarle a la oligarquía cómo va a entregarlo; si lo hace de una manera pacífica, nosotros lo tomaremos igualmente de una manera pacífica, pero si no piensa entregarlo o lo piensa hacer violentamente, nosotros lo tomaremos violentamente. Mi convicción es la de que el pueblo tiene suficiente justificación para una vía violenta
[P. Camilo Torres, Reportaje del periodista francés Jean Pièrre Sergent, publicado en Hora Cero, de México, junio 1 de 1967)

Las guerrillas en Colombia son mucho más que un problema policial o un problema político. Son un problema social que toca las raíces mismas del país. Por eso no sirven las calificaciones morales para condenar la lucha guerrillera. Es lo mismo que el ejército: no podemos aprobarlo o condenarlo con calificaciones morales abstractas. Hay que ver a qué fines sirven unos y otros, guerrillas y ejército
[P. Camilo Torres, Reportaje del periodista uruguayo Adolfo Gilly, junio 4 de 1965]

La Iglesia muchas veces ha expresado su doctrina con relación a la guerra justa y a la guerra contra la tiranía y entiendo que hay condiciones en ella en las que, primero, se permite agotar todas las vías pacíficas; segundo, prever un resultado satisfactorio, y tercero, poder prever asimismo que las consecuencias de dicha revolución violenta no serán peores que la situación actual. Y eso podrá suceder en el caso nuestro si se reconoce que ahora hay niños que mueren de hambre diariamente, pequeñas niñas de 10 años comprometidas en la prostitución, que existe una violencia en todo el país en la que han muerto trescientos mil colombianos y que hay criminales que no son más que el resultado de las estructuras vigentes. Así pues, estoy seguro que las consecuencias de la revolución son justas y están en regla con la doctrina de la Iglesia

[P. Camilo Torres, reportaje del periodista francés Jean Pièrre Sergent, publicado en Hora Cero, de México, el 1 de junio de 1967]

Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad local, nacional o mundial- abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado fin de la historia, ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas.
Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una educación que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer el cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países en sus gobiernos, empresarios e instituciones- cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.

La paz social no puede entenderse como un irenismo o como una mera ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros. También sería una falsa paz aquella que sirva como excusa para justificar una organización social que silencie o tranquilice a los más pobres, de manera que aquellos que gozan de los mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida sin sobresaltos mientras los demás sobreviven como pueden. Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven afectados, es necesaria una voz profética.
La paz tampoco se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres (Pablo VI, Populorum progressio). En definitiva, una paz que no surja como fruto del desarrollo integral de todos, tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia.

[Papa Francisco, Evangelii gaudium, # 59, 60, 218, 219]

No dejarse atrapar en el conflicto sino trascenderlo sin evadirlo

Tenemos que lograr la unión revolucionaria por encima de las ideologías que nos separan () Yo les contestaba a nuestros acusadores que era absurdo pensar que comunistas y cristianos no pudieran trabajar juntos por el bien de la humanidad y que nosotros nos ponemos a discutir sobre si el alma es mortal o inmortal y dejamos sin resolver un punto en que sí estamos todos de acuerdo y es que la miseria sí es mortal. () Hay puntos elementales indicados por la técnica social y económica que no tienen implicaciones filosóficas sobre los cuales, los que buscamos una auténtica renovación del país, podemos ponernos de acuerdo, prescindiendo de las diferentes ideologías, no en nuestra vida personal, pero sí en nuestra lucha revolucionaria inmediata. Los problemas ideológicos los resolveremos después de que triunfe la revolución
[P. Camilo Torres, Conferencia en la Universidad Nacional, mayo 22 de 1965]

Tenemos que pasar por encima de las diferencias religiosas no podemos seguir peleando por una cantidad de cosas que nos dividen y dejando de ponernos de acuerdo en las cosas que nos unen () Mientras nosotros estamos discutiendo si hay que expropiar los bienes eclesiásticos o si no hay que expropiarlos, estamos permitiendo que a la mayoría de los colombianos se les expropien sus bienes. Porque seguramente los mismos católicos que queremos tener una Iglesia pobre no vamos a pelear con los que están contra una Iglesia rica. Debemos ponernos de acuerdo en las cosas que nos unen por encima de las religiones, por encima de la filosofía, por encima de las discusiones que no conducen a nada. () Mientras tenemos los precios subiendo, mientras tenemos el Frente Nacional consolidado y haciendo a su arbitrio lo que quiere en contra de la clase popular, mientras tenemos una clase dirigente unificada que utiliza la prensa y todos los medios de comunicación, que utiliza a la Iglesia y al ejército en contra de la clase popular, nosotros estamos discutiendo por una cantidad de diferencias, por cosas que no nos atañen directamente y que no son los objetivos inmediatos de la revolución () De esta plataforma podría decirse que es la plataforma de la Democracia Cristiana, o que es la plataforma de la Federación Universitaria Nacional, o que es la plataforma de los sindicatos cristianos de la CLASC , o que es la plataforma del Partido Comunista, o que es la plataforma de los sindicatos de Coltejer, porque todos ellos la han adoptado
[P. Camilo Torres, conferencia en el Sindicato de Bavaria, julio 14 de 1965]

El pluralismo ha sido también reconocido como característica de la sociedad actual. Pluralismo ideológico e institucional. Los sistemas religiosos, filosóficos y políticos opuestos, han tenido que afrontar la realidad de su coexistencia. Esta resulta más fácil y menos costosa que la mutua eliminación. La coexistencia no puede verificarse sino con base en los puntos comunes. Un conjunto importante de puntos comunes los ofrecen los programas de acción. La acción a favor de los hombres, ejecutada por hombres, nunca es totalmente buena ni totalmente mala. Cuando se produce, cuando pasa de los proyectos a las realidades, se presenta como un reto a las conciencias de todos los que buscan el bien de la humanidad
[P. Camilo Torres, ponencia en el II Encuentro Internacional de Pro Mundi Vita, setiembre de 1964]
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El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad.
Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto: es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. ¡Felices los que trabajan por la paz! (Mat. 5,9).
De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda. Por eso hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna. ()

Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.
La idea las elaboraciones conceptuales- está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento. Hay que pasar del nominalismo formal a la objetividad armoniosa. De otro modo, se manipula la verdad, así como se suplanta la gimnasia por la cosmética (Platón, Gorgias). Hay políticos e incluso dirigentes religiosos- que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente.
La realidad es superior a la idea. Este criterio hace referencia a la encarnación de la Palabra y a su puesta en práctica. En esto conoceréis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios (I Jn. 4,2). El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización () este criterio nos impulsa a poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que la Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo. ()
Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural.
Papa Francisco, Evangelii gaudium, # 226- 228; 231-233; 239]

Acción de Dios en los humanos, creyentes y no creyentes:
¿gracia vida sobrenatural amor eficaz?

El trabajo apostólico consiste en todo aquello que lleve a los demás a tener vida sobrenatural. Este trabajo siempre es eficaz aunque sus resultados no sean visibles. El resultado último y esencial es invisible ya que es la misma vida sobrenatural. Sin embargo hay varios indicios de la existencia de la vida sobrenatural que condicionan la actuación apostólica. Es importante que la acción apostólica se encamine a producir dichos indicios como medios y no como fines. Hay un elemento externo que es a la vez indicio y condición insustituible de la acción apostólica: las manifestaciones de amor al prójimo. Si esas manifestaciones de amor al prójimo están animadas de vida sobrenatural, además de indicio y condición sine qua non, se convierten en fin de la acción apostólica.
Los medios ordinarios para obtener la vida sobrenatural son los previstos en las Escrituras y en la práctica de la Iglesia: oración, sacramentos, Misa. Sin embargo, el empleo de estos medios, aunque sea un buen indicio de existencia de la vida sobrenatural, no dan una certidumbre absoluta de dicha existencia, sin una revelación especial. Es posible que haya una práctica de estos medios sin que haya caridad, y sin caridad no son índice de vida sobrenatural.
Profesar la fe en Dios y en Jesucristo puede ser también un índice de posesión de vida sobrenatural: La vida eterna es que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn. 17,3). Sin embargo también se puede tener y profesar la fe sin tener vida sobrenatural: Si teniendo tanta fe que mueva montañas, si no tengo caridad, no soy nada (I Cor.13,2). De nada sirve al cristiano tener todos los indicios de tener la vida sobrenatural, si no tiene caridad. En cambio, si se tiene caridad, se tiene todo: porque aquel que ama al prójimo cumple con la ley (Rom. 13,8). La caridad es, por lo tanto, la ley en su plenitud (Rom 13,10)
No puede haber vida sobrenatural sin caridad, y sin caridad eficaz. Esencialmente, la caridad es el amor sobrenatural. Para que haya verdadera caridad se necesita que exista un verdadero amor. Las obras a favor del prójimo son indispensables para que el amor sea verdadero. Por lo tanto, la caridad ineficaz no es caridad: es por sus frutos por lo que los conoceréis (Mat. 7,16); Si un hermano o una hermana están desnudos, si ellos carecen de alimento diario y uno de vosotros les dice: id en paz, calentaos, saciaos, sin darles lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve esto? (Sant. 11,15). El juicio de Dios sobre los hombres está basado fundamentalmente en la eficacia de nuestra caridad: en el juicio final (Mat. 25,31 ss) lo que decidirá sobre la suerte eterna será haber dado comida, bebida, hospedaje, vestido, acogida real a nuestros hermanos.
Como conclusión, podemos afirmar que no hay vida sobrenatural, en las personas que tienen uso de razón, cuando faltan las obras en beneficio de nuestro prójimo. Estas obras, materiales y espirituales, en sí mismas no son indicios absolutamente ciertos de la existencia de la vida sobrenatural. Puede haber obras buenas que no sean sobrenaturales. Para que lo sean, se necesita que el que las ejecuta tenga la gracia, para lo cual es necesario tener la fe, aunque sea implícita. Una persona que esté de buena fe puede salvarse. No es cierto que fuera de la Iglesia no puede haber gracia, ni que la única forma de pertenecer a la Iglesia sea la recepción formal de los sacramentos. Puede haber bautismo de deseo y penitencia de deseo. Por lo tanto, puede haber vida sobrenatural aun cuando no haya fe explícita ni recepción formal de sacramentos. En cambio, no puede haber vida sobrenatural, en los individuos racionales, si no hay obras a favor del prójimo. ()
Una buena pastoral que parta de los sacramentos debe terminar en las obras de caridad, y una buena pastoral que parta de las obras de caridad debe culminar en los sacramentos. La única diferencia, pero muy importante, es la de que la práctica de los sacramentos no supone las obras. Es necesario probar que hay obras, aunque sea interiores, para presumir que hay vida sobrenatural: Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos (I Jn. 3,14). En cambio las obras, interiores y exteriores a favor de nuestro prójimo, sí deben presumirse hechas por amor sobrenatural. La presunción de la existencia de la vida sobrenatural está basada en la obligación de pensar que todo el mundo está de buena fe, mientras no se demuestre lo contrario.
Las dos vías son legítimas. Sin embargo, la insistencia en las obras parece más eficaz que la insistencia en los sacramentos. En abstracto, no podemos tampoco juzgar que la persona que aparentemente no haga sino recibir los sacramentos, no tenga obras desconocidas o incognoscibles (interiores) de amor al prójimo. Lo que aquí estamos tratando de precisar es la prioridad y el énfasis que el apóstol debe dar a las obras. Esta prioridad se aclara más, si se consideran dos circunstancias históricas actuales, circunstancias que deben, por otra parte, orientar la acción pastoral: el problema social y el pluralismo. ()
La acción en favor de los hombres, ejecutada por hombres, nunca es totalmente buena ni totalmente mala. Cuando se produce, cuando pasa de los proyectos a las realidades, se presenta como un reto a las conciencias de todos los que buscan el bien de la humanidad. El reto de la acción es bastante comprometedor: aceptar un programa de acción implica asumir los defectos inevitables que tenga; rechazarlo significa descartar las ventajas que innegablemente también tiene que tener. Sin embargo, la acción es algo concreto. Las variables que la condicionan son controlables, en su mayoría, por la observación objetiva. Los hechos no se prestan a discusión. Por otra parte la acción, para servicio de los demás, dentro de los valores del mundo actual, ha venido a ocupar el primer puesto. Cristianos y anticristianos lo aceptan como primera prioridad. Las diferencias están en los medios, en las modalidades y en los fines últimos. Pero el principio de amor al prójimo no se discute. El elemento en común está constituido por lo que es esencial en el cristianismo. Podríamos decir que en los no cristianos ese principio es naturalista y no es formalmente cristiano. Para afirmar esto debemos probar antes la mala fe de los anticristianos que profesan y realizan obras de beneficio para el prójimo.
Si el apóstol cristiano concentra sus energías principalmente (no exclusivamente) en que todos ejecuten obras de amor a los hombres, está insistiendo en un valor que es universalmente aceptado y que constituye un indicio de la existencia de la vida sobrenatural.
En un mundo pluralista, la unión en la acción a favor de los hombres, es una unión en una base presumiblemente cristiana.
[P. Camilo Torres, ponencia en II Congreso Internacional de Pro Mundi Vita, Lovaina, 1964]
Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia también hay una jerarquía, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden. Allí lo que cuenta es ante todo la fe que se hace activa por la caridad (Gal. 5,6) Las obras de amor al prójimo son la manifestación externa más perfecta de la gracia interior del Espíritu: la principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe que obra por el amor” (Suma Teológica, I-II, Q 108, art. 1). Por ello explica que, en cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes: En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo (Suma Teológica, II-II, Q 30, art. 4).

“Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás.
Esta inseparable conexión entre la recepción del anuncio salvífico y un efectivo amor fraterno, está expresada en algunos textos de las Escrituras que conviene considerar y meditar detenidamente para extraer de ellos todas sus consecuencias. Es un mensaje al cual frecuentemente nos acostumbramos, lo repetimos casi mecánicamente, pero no nos aseguramos de que tenga una real incidencia en nuestras vidas y en nuestras comunidades. Qué peligroso y qué dañino es este acostumbramiento que nos lleva a perder el asombro, la cautivación, el entusiasmo por vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia. La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros: lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, me lo hicisteis a mi (Mt. 25,40). Lo que hagamos con los demás tiene una dimensión trascendente: Con la medida con que midáis, se os medirá (Mt. 7,2); y responde a la misericordia divina con nosotros: Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará [] (Lc. 6, 36-38). Lo que expresan estos textos es la absoluta prioridad de la salida de sí hacia el hermano como uno de los dos mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual en respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios. Por eso mismo el servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión de su propia esencia (Benedicto XVI, Intima Eclesiae natura, nov. 2012).
Así como la Iglesia es misionera por naturaleza, también brota ineludiblemente de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo. La compasión que comprende, asiste y promueve.

Leyendo las escrituras queda por demás claro que la propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación personal con Dios. Nuestra respuesta de amor tampoco debería entenderse como una mera suma de pequeños gestos personales dirigidos a algunos individuos necesitados, lo cual podría constituir una caridad a la carta, una serie de acciones tendentes sólo a tranquilizar la propia conciencia. La propuesta es el Reino de Dios (cfr. Lc. 4,43); se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales. Buscamos su Reino: Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura (Mt. 6,33). El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre; Él pide a sus discípulos: Proclamad que está llegando el Reino de los cielos (Mt. 10,7).
El Reino que se anticipa y crece entre nosotros lo toca todo y nos recuerda aquel principio de discernimiento que Pablo VI proponía con relación al verdadero desarrollo: Todos los hombres y todo el hombre (Populorum progressio, 14). Sabemos que la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 1975, 29).

(Para Francisco, Evangelii gaudium, No. 37. 178-180]

 
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