Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Lunes, noviembre 21 de 2016
 

Medios

Tengo miedo

Jorge Gómez Pinilla, El Espectador

Miércoles 19 de octubre de 2016

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El primer miedo del que conservo amargos recuerdos de infancia lleva el sello del temor a Dios. Me dijeron que Dios vigilaba todo, hasta lo que uno pensaba, y eso me produjo más de un desvelo. Ese miedo ya había sido superado y remplazado por un sano agnosticismo, cuando una nueva forma de desasosiego invadió mi tranquilidad desde la tarde del domingo 2 de octubre.

Hoy no le temo a la bala que me tiene guardada algún fanático de la caverna, ni al accidente simulado. Le temo es a lo que viene en camino para Colombia: al horizonte cargado de nubarrones que anuncian la tormenta perfecta, en un escenario donde se sigue aplicando la ley de Murphy según la cual “nada es tan malo como para que no pueda empeorar”.

Nada más dañino que la religión entrometida en la política, por ejemplo, pero resulta que las iglesias evangélicas y cristianas han adquirido tal poder, que quieren meterse hasta en la redacción del Acuerdo de Paz y poner a las FARC a cantar aleluyas. Es precisamente el elemento religioso el que mayor prevención puede suscitar en una mente curada del pensamiento mágico, y adquiere nivel de alerta cuando uno se entera de la reunión de mil pastores evangélicos que hubo en Bogotá para celebrar el triunfo del NO.

“Aquí estamos para librar una guerra espiritual”, dijo el anfitrión de la cumbre, César Castellanos, fundador de la Misión Carismática Internacional, cercana al expresidente Uribe. En ese momento, sentí un escalofrío atravesar el espinazo. Acto seguido se escuchó a la pastora –y política- Claudia Rodríguez de Castellanos decir que “hay que cristianizar la política, porque se nos vienen cosas como la Reforma Tributaria que desconoce las iglesias. Si hubiera ganado el Sí, habrían reemplazado la Constitución y se eliminaba la familia” (Ver artículo).

Mentiras falaces que disfrazan la defensa de un interés monetario terrenal, el de impedir que con la Reforma Tributaria les cobren impuesto de renta a unas iglesias con ingresos anuales cercanos a los 10 billones de pesos. Al respecto El Espectador presentó un editorial donde dice que “la exención es un privilegio que no puede asociarse con la libertad de cultos”, y demuestra la necesidad de que comiencen a tributar en igualdad de condiciones con los renglones laicos de la economía. La religión es tan buen negocio, que según datos de la DIAN en los últimos tres años se constituyeron 1.258 iglesias, más de una en promedio diario (Ver editorial).

Ahora bien, debido a que esas iglesias representan hoy el quinto poder (detrás del cada vez más diluido cuarto poder de los medios de comunicación), en la coyuntura actual es más fácil convertir el agua en vino que obligarlas a declarar renta como a cualquier parroquiano.

Pero hablaba era del miedo que me posee, y este se acrecienta al ver que Alejandro Ordóñez le ha metido magia a su candidatura en ciernes: ante la ausencia física de la ideología de género en el Acuerdo, anda diciendo que está “encriptada”, o sea que se va a requerir de un exorcista que la desencripte. El trasfondo de todos modos es otro: cuando habla de incorporar la defensa de la familia al Acuerdo, lo que quiere es meter la enseñanza de la religión desde la educación primaria.

Si el uribismo y sus aliados se inventaron la ‘ideología de género’, desde la otra orilla corresponde denunciar lo que sí existe: la ‘teología de género’, con la cual pretenden avanzar hacia el objetivo de conquistar –Biblia en mano- la presidencia para el corrupto exprocurador, destituido por haberse hecho reelegir dándoles puestos a parientes de los magistrados que le abrieron el camino.

¿Y qué se requiere para coronar tan ‘diabólico’ propósito? Dilatar, estirar, prolongar hasta el 2018 las nuevas ‘negociaciones’ de paz. Hoy Ordóñez combina todas las formas de lucha, y para ello hasta cometió la apostasía de hacerse ungir por un pastor evangélico en una de sus iglesias de garaje (Ver foto). La parte más peligrosa está en que ahora lo veremos contar entre sus fuerzas de vanguardia con una horda de pastores armados de Biblias, ávidos de exacerbar las pasiones y el fanatismo de sus obedientes rebaños al solo chasquido de sus dedos, como perritos amaestrados.

Es un hecho irrefutable que Uribe y los suyos solo saldrán satisfechos de esta encerrona si se desmonta la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y se impone la contrarreforma agraria con la que pretenden favorecer a los dueños de tierras mal habidas o sin uso. Como en ninguno de esos temas se les podrá complacer, se agudizarán las contradicciones entre los dos polos opuestos: una visión liberal que luego de cuatro tortuosos años logró el mejor acuerdo posible pero cometió el error de someterlo a plebiscito; y una visión ultraconservadora aliada con peligrosos agitadores evangélicos, en su mayoría farsantes de esmerada labia, que tras el triunfo del NO en el plebiscito están pregonando que esa es la prueba de que tienen a Dios de su lado. La tarea que se les ha asignado es la de sembrar el caos, para luego decir que lo habían anunciado y aparecer como sus salvadores.

Esas fuerzas oscuras de extrema derecha que siempre se dan sus mañas en recomponer las cosas a su favor, hoy cuentan con un teatro de operaciones favorable para comenzar la agitación de las masas más ignorantes por la vía del temor colectivo, hacia la configuración de un Estado confesional, de corte autoritario o fascista. Con la misma propaganda negra que usaron para imponer el NO en el plebiscito, quieren llevar al insufrible Ordóñez a la presidencia.

Del otro lado, los partidarios de preservar el Estado laico consagrado por la Constitución de 1991 no se van a cruzar de brazos, y de esa dura confrontación –hoy en empate técnico- uno de los dos bandos terminará por imponerse. El problema es que aún no sabemos cuál. Ni cómo. Ni cuándo...

DE REMATE: El clamor general es para que la Corte Constitucional o el Consejo de Estado se pronuncien y desde el sentido común saquen a Colombia de este angustioso atolladero. Tengo miedo, ya lo dije, pero no es un miedo paralizante. Es necesario que los demás que también tienen miedo se hagan sentir, para que no sean los malos del paseo –nuevamente- los que ganen la partida.

En Twitter: @Jorgomezpinilla
http://jorgegomezpinilla.blogspot.com.co/

Fuente: http://www.elespectador.com/opinion/tengo-miedo-0

 
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