Reconfigurar la Esperanza en contextos de desesperanza

Yo creo que en el mundo hay una crisis de esperanza no solo en los medios cristianos sino también en lo político. Creo que hemos vivido situaciones en las últimas décadas y en el último siglo, en las que la humanidad ha avanzado muchísimo en lo que se llama “progreso”: progreso de la técnica, de las comunicaciones, de la ingeniería, de viajes interplanetarios, en la globalización, pero uno se pregunta si eso es verdaderamente un progreso humano o si no ha acelerado más bien la exclusión de muchos millones de seres humanos de ese tal “progreso”.


El Padre Javier Giraldo comenzó la charla motivándonos a ver un video donde habla Eduar Lanchero, acompañante durante 15 años de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, quien murió hace 3 meses. Es un pequeño discurso que él pronunció durante una peregrina-ción a Bogotá que organizó una comunidad hermana de la Comunidad de Paz, la Comunidad de Tamera, de Portugal, en el año 2.010. En esa ocasión recorrieron muchos sitios de la sabana y este día fueron a la localidad de Sumapaz; estando allí, él hablo de la esperanza. Las palabras de Eduar en el video son estas:

No voy a hablar de la historia de la Comunidad. Yo quiero hablar es sobre cuál es la profundidad de la Comunidad.

Dos momentos fuertes de todo lo que ha pasado en la Comunidad de gran dolor, han sido dolorosísimos. Y fue el asesinato de Ramiro Correa, en el año 97, por la guerrilla, y el asesinato de Luis Eduardo Guerra en el año 2005 por parte del ejército y los paramilitares. Fueron dos momentos de sumo dolor y donde la Comunidad sangraba y casi se despedazaba. Y ¿qué es lo que la Comunidad hizo en ese momento? Y es la profundidad que tiene la Comunidad: convertir el dolor en esperanza. Eso es lo que hemos hecho en estos catorce años.

El Estado, los paramilitares, dicen: les hemos hecho de todo y nunca los hemos podido destruir. Y hasta ellos dicen: ¿qué más podemos hacerles? Pero la ceguera de los que son asesinos les lleva a ver que nos pueden hacer lo que quieran, pero mientras el dolor se vuelva esperanza, siempre habrá comunidad. No puede destruirse. Y eso es lo que hemos querido compartir con todos ustedes en esta caminata: que lo posible se puede volver realidad y lo que muchas veces dicen que es imposible, es falso porque lo podemos hacer realidad y posible. Y no es que construyamos cosas, que tengamos grandes cultivos, porque somos capaces de dejar eso, sino porque lo imposible se hace posible cuando el dolor deja de ser dolor para volverse esperanza.

Y ¿qué es la esperanza? La esperanza es cuando ya no odiamos al asesino. La esperanza es cuando construimos colectivamente; cuando la vida la hacemos realidad hoy y donde estamos. La Comunidad de Paz no tiene futuro, tiene es presente. Si nosotros hoy, en el partido que jugábamos, aquí sentados, no construimos comunidad, hemos perdido la esperanza. La esperanza no es de mañana. La esperanza es del hoy.

Este año, en febrero, tuvimos la conmemoración de los cinco años de la masacre donde mataron a Luis Eduardo y a 7 miembros de la Comunidad y a otra persona de la zona. Cinco años que han sido terribles. Es una época donde el país se ha paramilitarizado, donde la sociedad sólo vive y respira muchas veces la muerte, donde se asesina constantemente, se privatiza todo, se nos priva de todo, pero la Comunidad sigue construyendo vida y no creemos en la privatización. Creemos que la justicia es para todos; creemos que la tierra es para todos; creemos que la dignidad es para todos. [ …]

Hace catorce años hablábamos de cambiar el mundo. Hoy decimos que hemos cambiado el mundo porque hemos sido comunidad, porque hay una posibilidad real de que se pueda hacer vida [ … ] esa espiritualidad universal que cuando se vive realmente puede pasar lo que sea y nunca la destruirán, es una llama viva, que puede ser muy pequeña, pero siempre estará ahí”.

Hasta aquí las palabras de Eduar Lanchero.

Continúa el Padre Javier: la experiencia de la Comunidad de Paz Eduar la resumía en convertir el dolor en esperanza y cuando se preguntaba qué es la esperanza, él decía: cuando nos decidimos a ser comunidad; cuando ya no odiamos al asesino sino que construimos colectivamente, para hacer realidad la comunidad hoy y aquí. No nos hemos desentendido de los crímenes, de la impunidad; si alguna comunidad ha luchado contra la impunidad y se ha dedicado a hacer una vida alternativa, es la Comunidad de San José de Apartadó.

Pero Eduar también insistía en que tenemos que mirar y analizar cómo son los victimarios, porque tenemos que ser totalmente diferentes de ellos. Y él definía al victimario, que es la persona productora de la guerra y de la muerte, como aquel ser que ha sido construido como ser aislado, que no piensa sino en sí mismo; que ha sido moldeado como un competidor y un esclavo del mercado. Eduar insistía en que tenemos que ser distintos de los victimarios. Casi todo su acompañamiento a la Comunidad estuvo centrado en construir algo distinto: personas que fuera comunitarias: no individuos sino partes de una comunidad. Para hacer comunidad estaban diseñadas todas las estrategias de los grupos de trabajo, los cultivos colectivos, la tierra colectiva, y luego toda la educación alternativa, la soberanía alimentaria, para ir construyendo ese ser diferente al victimario. Eso es construir vida y construir comunidad y allí es donde está la esperanza. La Comunidad de Paz, según Eduar, no tiene futuro, tiene es presente, y es en ese presente donde halla la esperanza.

Para esta charla me pidieron compartir el sentido de la esperanza. Por eso comencé con este testimonio de Eduar.

Desde hace varios años yo he tenido como una especie de crisis del sentido de la esperanza que me ha llevado a reconfigurar el sentido básico de la esperanza. Les cuento la historia muy concreta de cómo comenzó esto: en el año 1994 me invitaron a España y en la ciudad de Zaragoza di unas charlas sobre la situación de Colombia. Una noche estaba en un salón muy grande lleno de gente y cuando terminé la conferencia, una señora levantó la mano y me dijo: “Ud. No ha terminado su charla, es cierto?” Yo le respondí: sí, ya la terminé. La señora me dijo: No, usted no puede terminar como terminó porque nos dejó sin esperanza. Ella me dijo enseguida: usted siendo un sacerdote no puede dejarnos así sin esperanza, usted no tiene derecho a hacer eso! Yo le dije: yo lo veo así; no me puedo engañar a mí mismo ni los puedo engañar a ustedes diciéndoles que las cosas van a cambiar a corto o mediano plazo porque no lo percibo así; la situación nuestra no va a cambiar, yo les transmito lo que he vivido, lo que vivo, lo que estoy sintiendo. Ella se enojó mucho. Se levantó entonces en el salón una gran polémica, mucha gente empezó a opinar, algunas personas defendían la posición de la señora y otros mi posición; el debate fue muy acalorado… me dejó un interrogante bastante profundo, que yo ya lo tenía desde antes. Yo tenía la inquietud de que el concepto de esperanza que manejamos en la Iglesia, en el cristianismo e incluso en la vida política es un concepto que deja mucho que desear, mucho que pensar, no es un concepto coherente con otros valores del cristianismo.

Eso me motivo más a pensar y llegar como a una crisis más de fondo del sentido de la esperanza.

Tres años después, un sacerdote del norte de Italia, Pierluigi Di Piazza, quien tiene un centro en Udine, el Centro Balducci, donde cada dos años tienen un congreso en memoria del Padre Ernesto Balducci, un sacerdote de mucho compromiso social en esa región, me invitó a participar en el congreso; ya antes me había invitado otra vez a ese encuentro. Me llamó por teléfono a invitarme de nuevo y me dijo que el tema esta vez era la esperanza. Yo me quedé un rato en silencio y le dije: “no le hablo de la esperanza, si quiere le hablo de la des-esperanza”. Él se sorprendió bastante y se quedó otro rato en silencio …después me dijo: “ la invitación sigue en pie, necesitamos posiciones críticas”. Yo pensé: puede ser la ocasión para volver a pensar y volver a elaborar el concepto de la esperanza. Me puse el reto de reelaborarlo antes de ese congreso. Y eso es lo que les vengo a compartir esta noche. El texto ya está en la página web con el título “Reconfigurar la esperanza en un contexto de desesperanza”.

Yo creo que en el mundo hay una crisis de esperanza no solo en los medios cristianos sino también en lo político. Creo que hemos vivido situaciones en las últimas décadas y en el último siglo, en las que la humanidad ha avanzado muchísimo en lo que se llama “progreso”: progreso de la técnica, de las comunicaciones, de la ingeniería, de viajes interplanetarios, en la globalización, pero uno se pregunta si eso es verdaderamente un progreso humano o si no ha acelerado más bien la exclusión de muchos millones de seres humanos de ese tal “progreso”.

Las Naciones Unidas cada dos años nos mandan esos anuarios sobre la calidad de la vida, en que los mismos gráficos que hacen reproducen ese embudo donde uno ve que el desarrollo o el progreso llega a grupos cada vez más pequeños. Se calcula que Sólo el 20% de la humanidad puede tener acceso a eso que llamamos progreso, es un 20% el más rico, el más poderoso. El 80% de la humanidad va siendo expulsado progresivamente de niveles de vida mínimamente humana, mínimamente digna. Como que la maquinaria del progreso estuviera hecha para expulsar progresivamente a miles de millones de personas de una vida digna. Ahí viene entonces la crisis de la esperanza. Muchos discursos de la esperanza nos presentan a esa humanidad que va como en una carrera hacia un mejoramiento, pero eso es para unos pocos, y muchas de esas cosas, por ejemplo de la ingeniería genética, de la globalización, en lugar de humanizar más, de crear una vida más digna, la están deteriorando incluso en aquellos que tienen acceso a ese progreso.

Eric Fromm tiene un libro muy hermoso: “La Revolución de la Esperanza”. Creo que tiene ideas muy profundas y muy hermosas; define la esperanza como ese estar atento a lo que todavía no ha nacido pero está mostrando una posibilidad de nacimiento, y eso nos lleva a no desesperarnos, pues hay una posibilidad en esto que está naciendo aunque no nos va a tocar a nosotros; se ven los brotes de lo que puede ser. La esperanza para él sería tener la capacidad de descubrir e impulsar y apoyar eso que está naciendo, aunque no nos toque a nosotros, esa nueva vida. Eric Fromm dice que la esperanza tiene que complementarse necesariamente con la fe y la fe es el conocimiento de esa posibilidad real, él la llama la con-ciencia de gestación, es la capacidad de ver el meollo de la realidad; penetrar con una mira-da muy profunda en el meollo de la realidad para ver lo que puede nacer y ayudarlo a nacer. Ver el presente en estado de gestación.

Sin embargo, aunque es muy hermoso todo esto, es ahí donde yo veo la raíz más profunda de la crisis de la esperanza, porque si uno tiene la capacidad de penetrar con una mirada profunda en ese núcleo de lo que está gestando la realidad actual, ahí es donde uno encuentra la decepción más profunda: ¿qué es lo que está gestando nuestra realidad actual? ¿hacia dónde va? Cosas que uno ve que tal vez es muy difícil que vayan a cambiar: uno ve que se ha ido consolidando una globalización, que quienes la manejan son los grandes poderes del mundo, sobretodo los poderes económicos, donde van sometiendo a unas leyes económicas a la humanidad: la ley del mercado, donde uno no ve en ese meollo algo alternativo, algo que esté naciendo como alternativo. Todo el discurso de la globalización que se va consolidando progresivamente gracias a los poderes mundiales, por ejemplo en nuestro país con la firma de secuencias de TLCs, ¿a dónde nos van llevando? Esto es lo que uno ve como el meollo, esto se va a multiplicar hasta llegar a un mercado mundial cada vez más excluyente.

Si Miramos hacia atrás, los últimos 70 años, lo que nos ha tocado vivir y percibir, como los primeros efectos en América Latina, vemos que en los años 60 hubo toda esa euforia, esa convicción de que era posible un cambio de sistema, un cambio de mentalidad y fue la euforia de todos aquellos movimientos revolucionarios de los años 60 y 70 que nos ponían casi al alcance de la mano otra sociedad posible mucho más humana, mucho más justa, mucho más incluyente. Pero vienen luego en los años 70 las dictaduras militares que casi copan todo el continente, con la imposición de los Estados Unidos y que convierten al continente en una cárcel, en un baño de sangre. Sin embargo durante esa época de las dictaduras de los años 70 y parte de los 80 la esperanza no murió, había la conciencia de que estábamos pasando por una noche, una noche oscura, muy dura, por una etapa de martirio, pero que eso llevaba necesariamente, como por su misma dinámica, a un amanecer; el mismo martirio iba a producir, como lo decían los primeros cristianos: “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”. También aquí pensábamos que tanta barbarie, tanto derramamiento de sangre iban a producir una cosecha de una sociedad mejor. Pero no fue así. Vino el fin de las dictaduras y vino la imposición de los grandes del mundo, en ese momento se llamó la Trilateral, permitiendo unas democracias que no se podían llamar democracias, las llamaron democracias restringidas. Viene enseguida todo el desarrollo de la globalización y se van olvidando muchas de estas utopías de los años anteriores y viene un acomodo, como lo llama Eric Fromm, al Statu quo, y entramos como en ese torbellino del progreso, de las técnicas de las comunicaciones, sobretodo la electrónica que desborda completamente todos los sistemas de comunicaciones anteriores, hay una cierta estandarización del derecho, y sobre todo la economía empieza a dominar de una forma virtual todo el mundo, con los capitales virtuales, con las posibilidades de quebrar países en cuestiones casi de horas, cuando los países se niegan a aceptar las normas que les imponen las multinacionales. Y van sometiendo prácticamente de una manera casi inconsciente a los países a estas normas de la economía mundial, del mercado mundial. Llega un momento en que los gobiernos no son gobiernos, lo gobiernos son simbólicos porque el verdadero poder lo tienen todos esos potentados económicos mundiales.

Otro aspecto terrible, deprimente, es el del medio ambiente, cómo todas estas empresas y todo este desarrollo del “progreso” va destruyendo el medio ambiente, el mundo. Cuando llegan las cumbres mundiales, las grandes potencias que son las que más destruyen el ambiente, no se comprometen siquiera con un aporte mínimo a sanar esa destrucción, más bien le exigen a los países pobres que son las víctimas, a comprometerse; todo este meollo que uno ve en la realidad actual ¿que es lo que está gestando? ¿Qué es lo que va a salir de esa gestación? En lugar de dar esperanzan, mata la esperanza, por eso la crisis de la esperanza viene a ser profunda y siguiendo incluso el consejo de Eric Fromm de tener esa capacidad de mirar el meollo para ver qué es lo que se está gestando, mirar el meollo resulta ya deprimente. Viene el genocidio técnico ya propiamente donde no hay necesidad siquiera de matar con fusiles, con misiles, sino que ya están los bancos genéticos donde se programa la eliminación de millones de millones de personas por medio de técnicas alimentarias, para que la humanidad vaya quedando en manos de unos pocos, y está el dominio de la mente a través de las comunicaciones; los medios masivos los manejan multinacionales … y uno piensa en la novela de Aldous Huxley, “El Mundo Feliz”, donde el ser humano es programado desde antes de nacer, en las probetas donde ya se condiciona toda su manera de pensar, todos sus sentimientos, en fin, es un ser-probeta, programado para servir a un modelo de mundo completamente funcionalizado a los intereses de estos pocos potentados.

Si miramos nuestro país, en las últimas décadas el desarrollo del paramilitarismo, la compra del país por los paramilitares, todos los sistemas de represión que se reproducen, cómo la nueva Constitución del 91 también se fue derrumbando luego de casi 40 reformas, cómo el dominio de los Estados Unidos se sigue afianzando, casi de manera insensible, a través de los mercenarios con ciertos controles, que ya ni siquiera se discuten, ni siquiera en el par-lamento se discute todo lo que sucede con los que han participado en la guerra; cómo el modelo diseñado por los victimarios va tomando auge, todas las cooptaciones que se van dando y donde la pregunta final es: ¿cuál es la alternativa? o luchar contra un monstruo de estos sin esperanza, por seguir unos principios éticos que nos impiden aceptar ese modelo, o acomodarnos a ese modelo. O seguir lo que Max Weber llamaba “la ética de la convicción”, o si más bien nos vamos por la “ética de la responsabilidad” y nos vamos acomodando para poder sobrevivir con una mínima seguridad. En ese dilema, ¿qué camino tomar?

Entonces volvemos otra vez, desde todas esas experiencias de frustraciones, al sentido teológico de la esperanza y al sentido político de la esperanza. Toda mi reflexión aquella vez, cuando estaba preparando la exposición para Udine, miraba a descubrir que tanto el sentido político como el sentido cristiano de la esperanza, están apoyados en dos grandes columnas que a mi modo de ver no son cristianas, no son compatibles con el Evangelio: una es el éxito y otra es la recompensa.

Todo el sentido, dentro de esa teología tradicional que nos pintaba a un Jesús como predicando el Reino de los Cielos, lleno de recompensas patronales que se dan al final de la vida, a los que se sometan a los 10 mandamientos, a las normas evangélicas, lo dio una teología que también entró en crisis. Después vino esa teología más puesta al día pero que nos empezó a hablar de un Jesús predicando un Reino de Dios, no tanto el reino de los cielos del más allá, sino como un proceso de humanización profunda que invitara a construir un mundo acomodado a eso que los seres humanos sentimos más humanamente humano, aquello que sentimos como más nuestro, esos sueños que son como los sueños de la especie huma-na, y dentro de toda esta renovación de la teología se fue pasando a ese Jesús que no sola-mente predicaba un Reino de los Cielos como un proceso de humanización profunda, sino también un volver a ese Jesús histórico, y a poner en primer plano a Jesús como el campesino de Galilea del siglo I, que vivía en un contexto concreto y reaccionaba a todo lo que su contexto histórico le planteaba y lo desafiaba.

A ese Jesús humano, histórico, al Jesús histórico, empezamos a preguntarle desde nuestras crisis de esperanza, cómo vivía él la esperanza, y creo que si volvemos al Evangelio desde todas estas preguntas que nos hemos hecho, encontramos sobre todo un momento crítico, el momento del Calvario, el momento de la muerte, un momento crítico de la esperanza. Si seguimos la teología clásica, toda la teología de siglos nos ha amortiguado profundamente el escándalo del Calvario con la teología de la resurrección, pero haciendo de la resurrección un hecho biológico y físico plenamente identificable en el pasado, y no como un proceso de fe que vivió toda la primera comunidad cristina.

En ese momento de la muerte, los relatos evangélicos recurren a uno de los salmos que casi podría evaluarse como una especie de blasfemia, cuando Jesús, clavado en la cruz, empieza recitar el salmo 22 con el primer versículo que dice: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Y es que para algunos exegetas se trata simplemente de que Jesús tomó ese salmo para recitarlo allí. Pero para otros está revelando la verdadera crisis de Jesús, el ver-dadero fracaso de Jesús en la cruz. Y viene a decir que Dios lo ha abandonado, quiere decir: confesar un fracaso rotundo.

Es como decir “prefiero morir registrando el abandono de Dios, a morir renunciando a todos los valores por los cuales me jugué la vida. Esta es otra lectura, una lectura cruda, profundamente humana, de ese momento trágico del Calvario.

Evidentemente sobre ese fracaso toda aquella primera comunidad cristiana construyó la fe en la resurrección, y lo hizo con imágenes muy profundas y como una manera de facilitar el acceso a Jesús desde esa fe, pero eso no quitaba y no tapaba el fracaso rotundo de la cruz. Por eso me parece que si volvemos al Evangelio para reconstruir un sentido de la esperanza desde todos estos interrogantes, todo aquello de la esperanza construida sobre el éxito y la recompensa se derrumba, como una esperanza que no es la de Jesús. Hay que reconstruir, reconfigurar el sentido de la esperanza, de tal manera que sea compatible con el fracaso, compatible con la cruz, para qué sea esperanza verdaderamente cristiana.

La esperanza tiene que ser más bien una identificación con valores autovalidantes que fue-ron los de Jesús, valores que valgan por sí mismos y no por el éxito que van a tener o por la recompensa que van a recibir. El éxito y la recompensa nos están llevando a una teología heterónoma donde las normas y los valores vienen de fuera, desde donde se determina que el éxito y la recompensa moldeen la esperanza como una gratificación, pero no por lo que se ha asumido como camino de esperanza, sino por la satisfacción que tiene la persona en su ego al recibir la recompensa o tener el éxito. Es un enfoque completamente heterónomo y egoísta.

La sociedad en la que estamos insertos, sobre todo la sociedad occidental, no acepta esta comprensión de la esperanza. Porque la centralidad de la cultura dominante es el éxito. Es la centralidad de todo: si nosotros nos fijamos en la educación, en los deportes, en las dis-tracciones, en el mercado, en la economía, todo está centrado en el éxito. El mismo Eric Fromm tiene un capitulo en El Arte de Amar, donde nos muestra que también toda esta sociedad centrada en el éxito lleva a las personas a considerar su propio yo, su propia per-sonalidad, como un camino donde debe vender su propio éxito, donde debe vender su per-sonalidad para poderse abrir camino en la vida; el mundo, la cultura lo obliga a eso, a vender su personalidad, sus destrezas, etc., para poder sobrevivir en ese tipo de sociedad y cultura. Toda la política está centrada en el éxito; la política, la academia y hasta la misma religión, como dice Eric Fromm, a Dios lo utilizamos como aquel que nos prepara y nos ayuda a ser competitivos para poder vivir en esta sociedad.

Entonces la idea de la reconfiguración de la esperanza yo creo que termina en una idea muy simple: la esperanza no debe seguirse fundamentando en esas dos columnas del éxito y la recompensa, sino en valores autovalidantes que valgan por sí mismos, así fracasen, y que sean compatibles con el fracaso; que valgan por sí mismos y no por el éxito que van a tener ni por la recompensa que van a recibir.

En aquel artículo yo terminaba diciendo que el cristianismo es ante todo un movimiento contracultural. Si uno lee profundamente el Evangelio, allí lo que encontramos es una con-tracultura, tal vez lo hemos domesticado durante muchos siglos para que sea compatible con esta cultura occidental, con muchas capas de teología. El cristianismo es una contracultura. Si miramos esas culturas populares, yo ponía el ejemplo de los palestinos, en la lucha de los palestinos uno a veces no entiende cómo los funerales de los Kamikazes palestinos son como una fiesta, y una especie de fiesta trágica, pero que en el fondo están revelando una emotividad y un carácter profundamente festivo, aunque un poco camuflado con el luto y con el duelo. Al final de la conferencia mía en Údine, una de las pocas personas que se me acercó a manifestarme su completa identificación con lo que expuse, fue un Pope ortodoxo que venía de Palestina y me dijo: “eso es lo que estoy viviendo en Palestina, por eso me siento identificado con ese visión de la esperanza”.

Y también en nuestros sectores populares, por ejemplo, hay una pregunta que me hago des-de hace muchos años: ¿por qué siempre en nuestras fiestas religiosas, en la Semana Santa, por ejemplo el día central es el Viernes Santo?, es como una fiesta, aunque tiene sus ropajes de tragedia, de luto, tiene una emotividad muy profunda pero nunca hemos logrado que la fiesta de la Pascua sea más arraigada y festiva en los sectores populares que el Viernes San-to, porque allí el pueblo se está identificando con el dolor de Cristo porque es su mismo dolor y están como festejando esa identificación que puede ser un fracaso ¿Por qué no le dan importancia a la resurrección que puede leerse como un éxito rotundo?
Hay cosas mucho más profundas para reflexionar, pero que no son de nuestras capas culturales dominantes de nuestra sociedad, sino más bien de esas capas excluidas y de base.