Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Sábado, noviembre 12 de 2016
 

Medios

Premio Nobel prematuro de la Paz

John Carlin, El País Internacional

Viernes 7 de octubre de 2016

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Como líder casi en solitario de la exitosa campaña por el “no”, Uribe tiene en sus manos ahora el destino de su país. O al menos depende de él si se llega a un acuerdo de verdad con las FARC o si los tambores de guerra vuelven a sonar; si Santos llega triunfante a Oslo en diciembre a recibir su Nobel, o si acaba haciendo un espectacular ridículo.

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, ha ganado el premio Nobel por haber hecho la paz con las FARC. Pero aún no la ha hecho con Álvaro Uribe, su antecesor en la presidencia y principal opositor al tratado firmado con la guerrilla. Hasta que los dos se pongan de acuerdo no se puede hablar del fin definitivo de una guerra civil que ha durado más de medio siglo.

Una vez más el aplauso de la comunidad internacional ha resultado ser prematuro. La primera fue el 26 de septiembre en Cartagena de Indias cuando los jefes de Estado de América Latina, el secretario general de la ONU Ban Ki Moon, el secretario de Estado estadounidense John Kerry y docenas más de eminencias globales fueron testigos de la firma del acuerdo de paz. Seis días después la ciudadanía colombiana, o una ligera mayoría entre el 40 por ciento del electorado que se tomó la molestia de votar, rechazó el acuerdo en un plebiscito.

Como líder casi en solitario de la exitosa campaña por el “no”, Uribe tiene en sus manos ahora el destino de su país. O al menos depende de él si se llega a un acuerdo de verdad con las FARC o si los tambores de guerra vuelven a sonar; si Santos llega triunfante a Oslo en diciembre a recibir su Nobel, o si acaba haciendo un espectacular ridículo.

El acto de Cartagena fue como vencer en la semifinal de un torneo y pensar que la final ya estaba ganada. La final, es decir el plebiscito, se perdió. O así parecía. Resulta que ahora hay prórroga. Aún existe la posibilidad de un feliz resultado, de que se justifique la decisión acelerada de los escandinavos de otorgar el trofeo de paz al presidente Santos.

Consistiría en que Uribe diese su bendición a una versión modificada del acuerdo firmado en Cartagena que resulte ser aceptable tanto para los líderes de las FARC como para Santos. En tal caso el resultado del plebiscito se volvería irrelevante y, tras un voto en el Congreso colombiano a favor de sellar la paz, se empezaría el proceso para el desarme de la guerrilla.

Se ha iniciado esta misma semana un segundo proceso de negociaciones, esta vez entre el gobierno de Santos y los fieles de Álvaro Uribe, tras el primero que duró cuatro años en la Habana entre el gobierno y las FARC. Ahora parece que cuentan con menos de un mes para dar con una solución. El martes, dos días después del plebiscito, Santos anunció que el actual cese al fuego con las FARC tenía el 31 de octubre como fecha límite.

Ya que para Uribe de lo que se trata es menos una cuestión de principios que de vanidad personal, ya que le provoca una envidia lacerante que Santos pase a la historia como el artíficie de la paz y él no, mucho depende ahora de cómo el expresidente responda a la noticia de que su adversario ha ganado el Nobel.

Para Santos representa un golpe de moral tras el varapalo del plebiscito; para Uribe representa un varapalo tras el golpe de moral que representó la victoria de su campaña por el no. La cuestión ahora es si el dolido Uribe se enroca en su postura antiacuerdo o si un Santos fortalecido obliga a Uribe a ceder lo suficiente en las actuales negociaciones para que todas las partes, pero principalmente las FARC, queden satisfechas y se pueda proceder a poner fin a la guerra de una vez y por todas.

La pena, quizá, es que los que deciden el premio Nobel de la Paz no hubiesen podido esperar unas semanas más para hacer el anuncio. Se le podría haber insinuado a Uribe que si llegaba a un acuerdo con Santos le darían el Nobel conjuntamente a los dos. Existe un precedente: cuando se lo dieron a Nelson Mandela y a Frederik de Klerk, el último presidente del apartheid, en 1993. A Mandela no le gustó, pero se lo tragó para el bien de su país. Santos podría haber hecho lo mismo. Empachar el voraz

ego de Uribe no hubiera sido un precio demasiado alto para asegurar la paz.

Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/10/07/colombia/1475850710_896240.html?id_externo_rsoc=whatsapp

 
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