Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Jueves, noviembre 10 de 2016
 

Paz

Ponencia en homenaje a las presas y presos políticos en Colombia

Carlos Alberto Ruiz Socha

Viernes 24 de octubre de 2014

2 | |

Estas consideraciones quieren saludar y ser un homenaje a las presas y presos políticos en Colombia, agradeciendo la iniciativa de hacerles visibles en un momento crucial. Justamente, hay que centrar la atención en un tema que, como muchos otros, son trillados por diversas razones, pero sobre los cuales se ha hecho un vaciamiento, se ha cimentado un tabú o se han creado graves tergiversaciones, hasta postrar u obligar al silencio a posiciones que tenían fuerte y coherente carga crítica.

Ponencia de Carlos Alberto Ruiz en el seminario internacional sobre delito político

Estas líneas hacen parte entonces de un grito que se quiere colectivo, para reivindicar no sólo un análisis sino un hacer político, jurídico y social en función de la verdad, y por lo tanto algún día, ojalá muy pronto, para la libertad de quienes han luchado por un futuro de democracia real en este país.

En segundo lugar, deseo reconocer el trabajo del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos, CSPP, y de otras organizaciones hermanas que han trazado alternativas, prestando asistencia humanitaria y jurídica e ideando fórmulas que no olvidan sino que recuerdan a quienes están en prisión por su lucha política, y las razones de esta dramática situación de miles de personas. En particular animo a que la propuesta que el CSPP ha elaborado sobre presos políticos y justicia, sea ampliamente debatida, pues por su calidad merece ser apropiada por los movimientos sociales. Quiero modestamente, en ese no-olvido, rendir un homenaje a cuatro compañeros del CSPP que conocimos y con quienes compartimos, que nos dejaron su signo de dignidad. Alirio de Jesús Pedraza Becerra, abogado detenido – desaparecido el 4 de julio de 1990, el abogado Javier Barriga, asesinado el 16 de junio de 1995, y a Chucho Puerta y a Julio González, asesinados el 31 de enero de 1999. Los cuatro, víctimas del terrorismo de Estado.

Para que esta intervención pedida sobre fundamentos filosóficos y jurídicos de la rebelión, no quede absuelta de compromisos y retos mayores, la idea de la misma es ser lo más clara e inscribirse en lo posible en los dilemas que hoy día son evidentes en el contexto de un proceso de paz, en el que se habla con abuso de una “justicia transicional”, cuando al parecer la que impera es la visión recortada, no la de una justicia de paz transformadora, sino el enfoque instrumental de reglas verticales, reducido a la aplicación de mecanismos de derecho, sobre todo penal, y ante todo con una perspectiva de sometimiento de una parte a otra y no de concertación. Manifiesta contradicción, cuando de lo que se trata es de un proceso de paz que está guiado por la realidad palpable de que ninguna de las dos partes logró ganar la guerra, es decir no estamos ante vencedores y vencidos, y por lo tanto no es admisible que un bando contendor, por más peso e institucionalidad que suponga, sea juez y parte. Sin que esto signifique, como lo veremos, que no deba cambiar y desplegar su propia normativa en función de la paz, o sea “ponerse” el Estado un vestido sobre otro: una desempolvada toga de juez encima del uniforme civil-militar del gobernante y legislador, a fin de cumplir con una obligación sine qua non para el buen desarrollo del proceso de paz: el re-establecimiento del delito político.

1. Una pulsión y un deber

Es conocida la fundamentación correcta según la cual la rebelión es un recio derecho político de los pueblos, tan histórico como excepcional, y por ello cambia de forma radical la percepción sobre los delitos que supone el hecho organizado de alzarse en armas y actuar violentamente: de ser algo reprochable en apariencia, cuando media un análisis causal, pasa a ser no sólo comprensible sino hasta exigible incurrir en ciertas transgresiones en la tensión del deber ser frente a un orden de opresión.

Así podríamos sintetizar el problema. Sin embargo, hay una mirada reaccionaria, arraigada y vigente en nuestro contexto, que nos obliga a enseñar una cara de esa geométrica figura de la rebelión. La lectura neoconservadora y retardataria a la que me refiero es la que encripta un menosprecio político y cultural, digamos que con contenido de “clase”, aprehendido y reproducido, eso sí, en toda la pirámide social. Y que no se queda en el nivel del pensamiento, sino que va más allá: se traduce en la práctica política, judicial, mediática, académica, policiva y militar. Es la mirada hacia la “chusma”. Un ex viceministro uribista, Rafael Guarín, lo expresa así: “No es lo mismo que se reconozca que la violencia expresa una decisión del Partido Comunista Colombiano de combinar todas las formas de lucha para hacer la revolución, que decir que los señores de Marquetalia eran 40 humildes campesinos agredidos sin misericordia y con armas químicas, por 16.000 miembros del Ejército Nacional, según la mitología fundacional fariana, absolutamente falsa… No es lo mismo un Mándela terrorista a un Mándela símbolo de la lucha contra la discriminación racial. Aquí es igual. No es lo mismo una organización de victimarios a una que la historia la exalte como la expresión de reclamos legítimos de campesinos que fueron reprimidos por un Estado violento y opresor” (http://www.semana.com/opinion/articulo/reescribir-la-historia-opinion-de-rafael-guarin/400255-3).

Esta mirada cáustica no recae sólo sobre los insurgentes, lo cual no nos debe extrañar en relación con ellos, pues viene siendo así y peor incluso como se les trata desde hace más de medio siglo, sino que, siendo actual, recae hoy sobre quienes puedan unirse u organizarse para luchas serias frente al statu quo. Es un mensaje sutil de desprecio a los movimientos y sectores populares y a su capacidad de agitación, indignación, comprensión y compromiso. Ese es el verdadero trasfondo. Es decir, si a un animal, a un perro, le reconocemos posibilidad de rechazar un ataque y defenderse, a quienes se hermanan, consientes de injusticias, para transformar condiciones de vida, no se les confiere igual posibilidad, no se les asume como otredad y se les desdeña. Tenían que haberse quedado callados, sumisos, dóciles.

Este debate está plenamente en vigor, al menos por dos razones en nuestro país. Por un lado, nos estamos aproximando a mecanismos de verdad y memoria histórica, que es un auténtico campo de batalla, como ya lo expusimos citando a Enzo Traverso. Puede ser que se pierda dicha batalla y termine diciéndose que la responsabilidad principal de la confrontación no es de quienes desde el alto poder violaron toda clase de derechos de manera grave o cruel, sino que toda esta tragedia lo fue por la demostración antojadiza de unos seres y colectivos que debían haber ensayado sólo las herramientas legales y seguir poniendo la otra mejilla. Y el segundo factor aterrador de ese punto de vista es que cínicamente induce hoy a ser tolerante con lo injusto; propone la indolencia y el desperdicio de la experiencia ante las condiciones de muerte o descomposición de la vida de grandes sectores sociales empobrecidos. Esta perspectiva es todavía más terrible, cuando se está hablando de construir la paz.

Por eso, debe subrayarse o complementarse nuestra visión tradicional respecto al delito político, con un examen que nos remita a las huellas del hecho de rebelarse frente a lo insoportable, antes que sobre el derecho. Huellas no sólo hacia fuera sino hacia dentro. No sólo sobre pasados sino ante desafíos presentes.

Son rasgos no sólo de las sociedades en su tipología, sino de la misteriosa condición humana. Están asociados a los legados de sucesiones no sólo políticas y culturales, sino a la propia evolución como especie, en ese sentido a los procesos de conformación antropológica, con lo cual la lucha por la vida, el no someterse a lo que nos amenaza y mata, equivale primero y desde tiempos prehistóricos a una suerte de pulsión ante la agresión (esto es fundamental tenerlo en cuenta hoy, pues se surte una actualización imperiosa, frente a la eclosión medioambiental y la inminencia de conflictos por la sobrevivencia de comunidades ante la depredación causada por el salvaje modelo capitalista).

Dicha respuesta “indócil”, si se quiere instintiva, se fue transmutando en la profundización de la conciencia, desplegada ante lo que interfiere violentamente en el desarrollo de potencialidades y en la satisfacción de necesidades humanas. De ahí que no podemos datar y cerrar un antecedente de la rebelión, sino asumirla como latido de resistencia desde tiempos inmemoriales hasta el presente, ante las condiciones más adversas.

Esto explica que “el rebelde es límite”, en la simbiosis de los reflejos más elementales y de las reflexiones más arduas, antes de suponer él o ella, como rebelde, una opción moral más definida. El rebelde-límite gesta como figura de excepción una compleja y transversal defensa ante la opresión, dentro de un concierto histórico y político determinado. Pero también en los marcos cambiantes de redes psico-sociales y culturales. Ha sido así en diversos períodos y entornos. El rebelde tiende por esa fuerza a auto-constituirse con líneas de principios, y por eso tiende también a rechazar su cosificación, al tiempo que puede acrecentar capacidades e imponerse regulaciones. Su decisión es la de no renunciar en medio de advertencias de ser castigado, y por ello, desde ese valor de entrega y sacrificio que irradia, ahí sí traspasando del hecho al derecho de la rebelión, entrañando una opción de coherencia, un solo sujeto sublevado en la inmensidad del mundo y de la historia (una Policarpa Salavarrieta, fusilada en 1817, o Sophie Scholl, alemana guillotinada en febrero de 1943, una en armas, la otra no, pero ambas mujeres resistentes), representa tanto una constelación material cierta como un signo ético irrebatible. Una tenacidad. Este es el sentido utópico de la cuestión.

Hablando del derecho a la rebelión, son comunes las referencias a Platón, Tomás de Aquino, de alguna forma a Étienne de La Boétie, o a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776, citada hace poco en un documento de propuestas que puso las FARC-EP en la Mesa de diálogos. Declaración de EE.UU. en la que se afirma: “toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a sufrir, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia mediante la abolición de las formas a las que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, que persigue invariablemente el mismo objetivo, evidencia el designio de someterlos bajo un despotismo absoluto, es el derecho de ellos, es el deber de ellos, derrocar ese gobierno y proveer nuevas salvaguardas para su futura seguridad”.

En nuestro país, María Antonia Santos Plata, antepasada del actual Presidente, sería también un ejemplo a citar. Creó la “guerrilla de Coromoro”, en Socorro, Santander, para luchar junto al Ejército Libertador de Simón Bolívar. Fue arrestada y ejecutada el 28 de julio de 1819, culpable del delito, político, de lesa majestad.

Cuando debamos reconocer el delito político, debemos ver, al menos de lejos, pulsiones o expresiones básicas que han apuntado y apuntan a la conservación del ser, a la sobrevivencia, y luego sí debemos observar procesos de subjetividad o subjetivación consciente y superadora en firme de estados de servidumbre. Son testimonios de vigor y de compromiso. Por lo tanto se nos enuncia un hecho y luego un derecho a la insumisión ante lo que es negador de la vida. Podemos remitirnos también como referencias históricas y románticas a Espartaco o a Boadicea, en guerra frente al Imperio romano, y no es suficiente. Es preciso, en práctico envío a diversidad de disciplinas, entre ellas la sociobiología, hablar de altruismos, y del permanente grito del sujeto, como entre nosotros lo ha enseñado para impugnar la lógica del mercado capitalista el maestro Franz Hinkelammert, y en esta época larga con él Albert Camus, o Daniel Bensaïd, quien cita a la filósofa Françoise Proust. Ella lúcidamente decía: “la resistencia es primera con relación al pensamiento: la idea se despierta resistiendo” o, en relación con la injusticia, “Todo el mundo la siente sin disponer necesariamente de una idea positiva de justicia”. Afirmaba también “Las resistencias o las insumisiones están movidas siempre por una preocupación de dignidad. Nacen de la indignación…”; “la resistencia toma partido por lo que está amenazado”. Esta filósofa de la resistencia, como la llamaba Bensaïd, parte de Baruch Spinoza: “existir es resistir a lo que amenaza la capacidad de existir”. Subraya Bensaïd: “Es resistiendo que se encuentran las razones para resistir (…) La resistencia no es un mandamiento, una asignación, una designación a alguna misión sublime. Una situación insoportable, una justicia intolerable la provoca” (de Bensaïd: “Resistencias. Ensayo de topología general”).

 
Dirección: Carrera 37A No 25B-42, Bogotá D.C. Colombia Telefax: (57-1) 2687179 / 2687161
 
Desarrollado por Atarraya