Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Sábado, octubre 1ro de 2016
 

Medios

Plebiscito y emociones

Horacio Duque

Viernes 12 de agosto de 2016

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La legitimación y refrendación de los acuerdos de paz pactados en la Mesa de diálogos de La Habana, no es un asunto de discursos, narrativas y pedagogías imposibles y tóxicas.

Ganar el apoyo del pueblo para la paz y la vida tiene que ver más con una interpelación sincera de las emociones, los afectos, los cuerpos, los hábitos y de la multitud.

Aunque no es tan evidente para muchos, en la apertura democrática propiciada por el proceso de paz hay una intensa confrontación para la constitución de una nueva hegemonía nacional y popular. El Plebiscito no es ajeno a dicha dinámica.

Todo pareciera indicar que el discurso y las narrativas podrían ser el centro de la disputa entre el SI y el No en el plebiscito por la paz que se realizara en próximas semanas. Para que triunfe el SI se necesitan buenas narrativas repetidas claramente, se sugiere (http://bit.ly/2b8uCe5 ). Es lo que justifica el realce de la pedagogía de la paz y las campañas gubernamentales de propaganda en los medios masivos de comunicación. Todos demandan mayor pedagogía de los acuerdos de La Habana. El pueblo poco conoce de los consensos y permanece indiferente al fin de la guerra, se afirma.

Según Antonio Gramsci, el poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad. El Estado mantiene su dominación por medio del consenso de los dominados. Y sólo allí donde no se logra el consenso, se recurre a la represión. El poder, por tanto, no sólo es un asunto de fuerza, sino sobre todo de hegemonía: persuasión, convencimiento, creencia, seducción. En este enfoque, la lucha ideológica se vuelve fundamental: deslegitimar la explicación dominante del mundo, provocar su descrédito, proponer una nueva explicación (http://bit.ly/2biC3Ah ).

Hegemonía es hoy un concepto de moda en el debate político contemporáneo.

La lucha ideológica se desarrolla ahora en los platós de televisión donde se produce la opinión pública. Se trata de arruinar la legitimidad del relato que protegía al régimen de la violencia y ofrecer una nueva explicación y un nuevo pacto social de paz que se gane el consenso de la “mayoría social”.

Pero la cosa planteada en estos términos no es tan obvia, ni suficiente.

Para otros el Plebiscito es una cita ciudadana en la que florecen mil posibilidades para saturar la atmósfera política con los imaginarios de generosidad y de progreso, asociados con una paz negociada.

El punto clave para estas posibilidades radica precisamente en el hecho de si la firma de los acuerdos va a estar rodeada de sentimientos, simbolizables en representaciones positivas. A partir de las cuales llegue a levantarse una ola duradera de actitudes y percepciones esperanzadoras. En el sentido de que, en alguna medida, la vida puede ser mejor para los colombianos. De que sean posibles –como ya se está demostrando- una disminución sensible de la violencia; y no tantos miedos creados; y menores rencores de nivel subalterno.

En principio, la misma firma de la paz debiera traer una inmediata reorientación en las actitudes, las que ahora serían más favorables a consignar el SÍ respecto del Acuerdo. Que este flujo de nuevas reacciones en los individuos no se disipe pronto, dependerá de la eficacia simbólica con las que las fuerzas de la paz enfrenten la coyuntura (http://bit.ly/2aiBIx2 ).

La trascendencia de las emociones.

Colocados en este plano, las emociones se tornan esenciales en la movilización popular en favor de la paz y la vida. El odio, el miedo, la vergüenza, la esperanza son otros referentes en lo que se sugiere como un modelo post hegemónico.

Las emociones, los afectos, los cuerpos, los hábitos y la multitud serán elementos claves para alcanzar el consentimiento de los colombianos en el Plebiscito que se realizara para validar la paz. No todo será oratoria espectacular ni frases de cajón llenas de ridiculez.

Hay que entender que la clave del cambio social por la paz, hoy, no es solo la ideología, sino las emociones, los cuerpos, los afectos y los hábitos.

Hay que considerar que las emociones están presentes en todas las fases y aspectos de la movilización social; motivan a los individuos, se generan en la multitud, se expresan retóricamente y dan forma a los objetivos manifiestos y latentes de los movimientos. Las emociones pueden ser medios, también fines, y otras veces fusionan ambos; pueden favorecer o dificultar los esfuerzos de movilización, las estrategias y el éxito de los movimientos. La cooperación y la acción colectiva siempre han ofrecido la oportunidad de pensar la acción social de una forma más integral; el retorno de las emociones es la última fuente de inspiración para ello.

Durante las dos últimas décadas el péndulo intelectual ha oscilado desde las teorías estructurales hacia las teorías culturales sobre los movimientos sociales. Estas incluyen la motivación para la acción, el sentido de los acontecimientos para los participantes políticos, los dilemas estratégicos y procesos de toma de decisiones, y la necesidad de una teoría de la acción que complemente la teoría del contexto estructural desarrollada en los 70’s y 80’s. Prácticamente todos los modelos culturales y los conceptos usados hoy (por ejemplo: marcos, identidades, narrativas) estarían mal encuadrados si no admitieran explícitos mecanismos causales de tipo emocional. Aunque, sin embargo pocos de ellos efectivamente lo hacen.

Las emociones representan una forma de tratamiento de la información, a veces más veloz que nuestra mente consciente.

J. Beasley-Murray ha cuestionado la prelación del discurso en la constitución del orden social y la comprensión ’discursivista’ de la hegemonía, muy basada en la capacidad de articulación comunicativa de los intelectuales. Y no sólo. A partir de un minucioso acercamiento a los movimientos políticos latinoamericanos del siglo XX (el peronismo, los movimientos de liberación nacional, etc.), propone otra lectura de lo que hace y deshace el orden de las cosas, de lo que sostiene la dominación y de lo que anima la protesta y rebelión (http://bit.ly/2baPPYi ).

Esa idea (de que "la ideología es el principal campo de batalla") implica que la tarea política más urgente es la de educar a la gente, mostrarles que las cosas no son cómo aparecen. Por eso los proyectos de hegemonía son siempre esencialmente proyectos pedagógicos y la teoría de la hegemonía otorga tantísima importancia y centralidad a los intelectuales. Es un error histórico de la izquierda dogmática y del liberalismo anacronico.

Más allá de la condescendencia implícita, lo que presupone esta actitud es que lo que cuenta en el fondo es la opinión y el saber. En ese sentido no se puede menos que estar de acuerdo con lo que dice Slavoj Zizek: en general, la gente ya sabe, sabe que el trabajo es una esclavitud, sabe que los políticos son unos mentirosos y los banqueros unos ladrones, que el dinero es una mierda y los ricos no lo son por una virtud propia, que la democracia liberal es un fraude y que el estado reprime más que libera, etc. Todo eso es parte del sentido común actual. Y aun así, cínicamente, actuamos como si estas ficciones fueran verdaderas.

Lo cual sugiere que la “lucha ideológica”, no sólo no tiene la centralidad que tenía antes, sino que en realidad nunca la tuvo. La lucha por la hegemonía siempre funcionó como una distracción o una cortina de humo que oscurecía poderes y luchas más fundamentales.

Sin embargo, la política no tiene tanto que ver con la ideología, como con la disposición de los cuerpos, su organización y potencias.

 
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