Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Jueves, septiembre 29 de 2016
 

De Ver

Manifiesto “Dar el salto”

Viernes 18 de septiembre de 2015

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La redacción del Manifiesto “Dar el salto” se inició en la primavera de 2015 durante una reunión en Toronto, a la que asistieron representantes de movimientos indígenas, sociales, de justicia alimentaria, ambientales, religiosos y obreros de Canadá.

Llamado a favor de una Canadá basada en el cuidado mutuo y de la Tierra.

Partimos de la premisa de que Canadá enfrenta la crisis más profunda de su historia reciente.

La Comisión para la Verdad y la Reconciliación ha revelado detalles estremecedores sobre la violencia ejercida durante el pasado reciente de Canadá. La profundización de la pobreza y la desigualdad es una cicatriz visible en el presente del país. Sus antecedentes en materia de cambio climático constituyen un crimen contra el futuro de la humanidad.

Los hechos anteriores son tanto más perturbadores puesto que se alejan drásticamente de los valores declarados por Canadá: respeto a los derechos de los pueblos indígenas, internacionalismo, derechos humanos, diversidad y gestión ambiental.

Hoy Canadá no es ese lugar, pero podría serlo.

Podríamos vivir en un país que se valiera sólo de energías verdaderamente renovables, interconectado gracias a un sistema de transporte público accesible; un país en el que durante esta transición los puestos de trabajo y las oportunidades se generen con el fin de eliminar de manera sistemática la desigualdad racial y de género. El cuidado mutuo y del planeta podrían ser los sectores de mayor crecimiento en nuestra economía. Muchas más personas tendrían salarios más altos trabajando menos horas, lo que redunda en una mayor cantidad de tiempo para disfrutar de los seres queridos y desarrollarnos en plenitud en nuestras comunidades.

Sabemos que no tenemos mucho tiempo para llevar adelante esta transición: los climatólogos nos han advertido que debemos tomar medidas contundentes en esta década para prevenir el catastrófico calentamiento global. No será dando pequeños pasos que llegaremos adonde debemos llegar.

Por eso, es necesario dar un salto.

Debemos partir del respeto a la titularidad y los derechos inherentes de los cuidadores originarios de esta tierra. Las comunidades indígenas han estado a la vanguardia en la protección de los ríos, las costas, los bosques y las tierras sujetas a actividades industriales sin control. Podemos fortalecer este papel y restablecer nuestra relación mediante la plena implementación de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.

Impulsados por los tratados que constituyen las bases legales de este país y que nos comprometen a compartir la tierra “mientras brille el sol, el pasto crezca y los ríos fluyan”, queremos fuentes de energía que perduren a lo largo del tiempo y nunca se agoten ni envenenen la tierra. Gracias a los avances tecnológicos, ese sueño está al alcance de la mano. Las últimas investigaciones demuestran que es posible para Canadá obtener el 100 % de su electricidad a partir de recursos renovables en un periodo de dos décadas; para el año 2050 podríamos tener una economía 100 % limpia. Exigimos que esa transición comience ahora mismo.

Ya no tenemos excusas para seguir construyendo nuevos proyectos de infraestructura que nos condenan a más décadas de extractivismo. La nueva regla de oro del desarrollo energético debe ser: si no quisieras tenerlo en tu patio trasero, entonces no debe estar en el patio trasero de nadie. Esto rige para los oleoductos y gasoductos, tanto como para la fractura hidráulica en New Brunswick, Quebec y la Columbia Británica, el creciente tráfico de petroleros frente a nuestras costas y los proyectos mineros canadienses en todo el mundo.

Ha llegado el momento de la democracia energética: no solo creemos que debe haber cambios en nuestras fuentes de energía, sino que, donde sea posible, las comunidades deberían controlar colectivamente esos nuevos sistemas de energía. Como alternativa a la sed de lucro de las compañías privadas y la burocracia remota de algunas otras bajo control centralizado estatal, podemos crear estructuras de propiedad innovadoras: de gestión democrática, que garanticen salarios dignos y mantengan los ingresos en las comunidades, donde tanto se necesitan. Además, los pueblos indígenas deberían ser los primeros en recibir apoyo público para sus propios proyectos de energías limpias, al igual que las comunidades que hoy enfrentan graves problemas de salud debido a la actividad industrial contaminante.

Ese tipo de energías no solo iluminará nuestros hogares sino que también va a distribuir la riqueza, fortalecer la democracia y la economía y comenzará a curar las heridas que se remontan a la fundación de este país.

El salto hacia una economía no contaminante genera incontables oportunidades para conseguir “triunfos” similares. Queremos un programa universal para construir hogares eficaces desde el punto de vista energético y readaptar las viviendas actuales, lo que asegura que las comunidades y barrios con ingresos más bajos se beneficiarán primero y recibirán capacitación laboral y oportunidades que harán posible la reducción de la pobreza en el largo plazo. Queremos que se brinde capacitación y otros recursos a los trabajadores de sectores con altos niveles de emisión de carbono, para asegurar que estén en condiciones plenas de participar de una economía basada en energías limpias. Los empleadores deberían tener la obligación, por ley, de reducir las emisiones de carbono en el lugar de trabajo, y los sindicatos son los indicados para guiarlos. Es posible unir cada comunidad de este país si contamos con trenes de alta velocidad que utilicen energías renovables y con un sistema de transporte público accesible, en lugar de utilizar más autos, oleoductos y trenes que explotan; esto no hace más que ponernos en peligro y dividirnos.

Puesto que somos conscientes de que este salto tiene un comienzo tardío, necesitamos invertir en nuestra deteriorada infraestructura pública para que pueda soportar sucesos climáticos extremos cada vez más frecuentes.

La transición a un sistema agrícola mucho más localizado y ecológico podría ayudarnos a reducir la dependencia de los combustibles fósiles, capturar carbono en el suelo y absorber shocks repentinos de la oferta global, al tiempo que produciría alimentos más saludables y accesibles para toda la población del país.

Hacemos un llamado para poner fin a todos los tratados comerciales corporativos que otorgan a las empresas el poder de obstaculizar los intentos de reconstruir las economías locales, regular a las compañías y detener el daño que causan los proyectos extractivos. Restaurando el equilibro de la balanza de la justicia deberíamos garantizar la condición de inmigrantes y la plena protección para todos los trabajadores y las trabajadoras. Es necesario reconocer la contribución de Canadá a los conflictos militares y al cambio climático ¾principales impulsores de la crisis mundial de los refugiados¾, y como parte de ello recibir a muchos más refugiados y migrantes que llegan en búsqueda de seguridad y una mejor vida.

El paso hacia una economía en equilibro con los límites de la tierra también implica expandir los sectores de nuestra economía que ya son de baja emisión de carbono: cuidado de personas, docencia, trabajo social, artes y medios de comunicación de interés público. Siguiendo el ejemplo de Quebec, la implementación de un programa de guarderías es una vieja deuda que debe saldarse. Todas esas tareas, que realizan en gran parte las mujeres, son el cimiento de la construcción de comunidades humanas y resistentes, y necesitamos que ellas sean lo más fuertes posible para enfrentar el difícil futuro que ya nos hemos asegurado.

Dado que en la actualidad gran parte del trabajo de cuidado ¾ya sea de las personas o del planeta¾ no es remunerado, exigimos un debate intenso sobre la introducción de un salario anual básico y universal. Implementado por primera vez en Manitoba en la década de 1970, esta sólida red de protección contribuiría a asegurar que nadie deba aceptar trabajos que amenacen el mañana de sus hijos para alimentarlos hoy.

Declaramos que la “austeridad” ¾que ha atacado sistemáticamente a los sectores de baja emisión de carbono, como la educación y la salud, al tiempo que priva de recursos al transporte público e impone privatizaciones irresponsables en el sector energético¾ es un tipo de pensamiento fosilizado que se ha vuelto una amenaza para la vida sobre la tierra. El dinero que necesitamos para costear esta gran transformación está disponible, solo deben ejecutarse las políticas adecuadas para liberarlo. Por ejemplo: eliminar los subsidios a los combustibles fósiles, aplicar impuestos a las transacciones financieras, aumentar las regalías de los recursos, aumentar los impuestos a las corporaciones y las personas de alto poder adquisitivo, instaurar un impuesto progresivo al carbono, reducir el gasto militar. Todo lo anterior está basado en un simple principio, “quien contamina paga”, y es muy prometedor.

Algo es claro: la escasez pública en tiempos de inusitada riqueza privada es una crisis fabricada, diseñada para extinguir nuestros sueños antes de que nazcan.

Esos sueños exceden por mucho los límites de este documento. Hacemos un llamamiento para que se celebren asambleas públicas a lo largo del país, donde los residentes puedan reunirse para definir democráticamente qué significa dar un salto genuino hacia la economía del futuro en sus comunidades.

Inevitablemente, este renacimiento de abajo hacia arriba conducirá a una renovación de la democracia en cada nivel de gobierno, mediante un trabajo rápido para pasar a un sistema en el que cada voto valga y se retire de las campañas políticas el dinero de las corporaciones.

Es demasiado para hacerlo todo a la vez, pero así son los tiempos que nos toca vivir.

La caída en el precio del petróleo ha aliviado transitoriamente la presión de extraer combustibles fósiles tan rápido como lo permitan las tecnologías de alto riesgo. Esta pausa en la expansión frenética no debe verse como una crisis, sino como una bendición; les ha dado a los canadienses un momento único para observar en qué nos hemos convertido, y decidirnos por el cambio.

Así es que convocamos a todos los que aspiran a un cargo político a aprovechar esta oportunidad y responder a la urgente necesidad de transformación. Este es nuestro deber sagrado hacia aquellos que este país ha perjudicado en el pasado, hacia los que sufren innecesariamente en el presente y hacia todos los que tienen derecho a un futuro esperanzador y seguro.

Este es el momento de ser audaces.

Este es el momento de dar el salto.

 
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