Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Lunes, noviembre 28 de 2016
 

Medios

La falacia de la cárcel

Catalina Ruíz - Navarro, El Espectador

Jueves 8 de septiembre de 2016

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Y no podemos hacer como que la guerrilla “ya no existe” y guardar el problema debajo de la alfombra, que es precisamente lo que significa la cárcel para muchos colombianos. Para otros, más crueles, lo ideal sería “la pena de muerte”, pero hablan de cárcel porque suena más políticamente correcto. Aún así no puedo contar las veces he escuchado a alguien decir, sin remilgo alguno y con la más cándida honestidad: “maten a todos esos guerrilleros”. La cárcel es una muerte simbólica. Aquí está el tuétano emocional que impulsa la falacia de la impunidad: un profundo deseo de que ese “otro”, las Farc, deje de ser, desaparezca. Y un deseo como ese es contrario a un proceso de paz y reconciliación. Por eso, el posconflicto también implica pensar ¿qué hacer con todas estas personas que claman por la cárcel, pero que en realidad nos están manifestando una negativa profunda a transformar y perdonar?

Esto de entrada es falso, pues solo habrá amnistía para delitos políticos y conexos, pero no para los crímenes de lesa humanidad como el secuestro, las desapariciones y violencia sexual. Es decir, estos crímenes necesariamente tendrán que ser sancionados en el sistema de Jurisdicción especial para la paz, y ahí se determinará si el castigo será la cárcel (entre 15 a 20 años para quienes se nieguen a confesar y dar información que permita reparar a las víctimas, y penas alternativas haciendo labores restauradoras, como desminar los campos o construir obras públicas, para los y las que sí colaboren con los procesos de justicia). Como explica Rodrigo Uprimny en uno de los recientes videos de DeJusticia, “no es verdad que esta sea una paz con impunidad”; habrá justicia, pero una justicia distinta.

Este es un punto clave, pues quienes usan la falacia de la impunidad en el fondo lo que nos están diciendo es que cualquier tipo de castigo que no sea la cárcel es insuficiente para la guerrilla. Esto es interesante por lo que representa la cárcel en nuestro imaginario colectivo: en nuestra sociedad hemos equiparado la justicia penal con la justicia. Para la mayoría de los y las ciudadanas la cárcel representa el fin de una historia: colorín colorado, el malo desaparece y el bueno vive feliz ya que fue ajusticiado. Esto parece cierto pues, una vez en la cárcel, la sociedad se desinteresa del villano; lo que suceda con él de ahora en adelante se lo merece; ni siquiera nos importa si hay violaciones de derechos humanos. También nos ahorramos la pregunta sobre por qué el villano se convirtió en villano; sentimos que el problema está resuelto y no nos ocupamos del problema estructural (del que quizás todos somos responsables). Enviar a alguien a la cárcel, simbólicamente significa que lo hemos extraído de la sociedad, pero el símbolo aquí, poco o nada tiene que ver con la realidad.

Según cifras de un reciente reportaje del periódico El Tiempo, “Cárceles y presos de Colombia”, en las cárceles del país hay un 53% de hacinamiento, y por cada cupo que se abre entran tres reclusos. Se estima también que 13 de cada 100 reclusos regresan a la cárcel, y otros salen fortalecidos criminalmente antes que regenerados. ¿Si las cárceles colombianas no dan abasto para los presos hoy, cómo será si añadimos a todas las Farc? La sola posibilidad es ingenua e ilusoria por impracticable.

Por otro lado, la cárcel no es garantía de justicia. “De qué sirve que alguien esté en la cárcel si un gran sector de la sociedad no tiene casa o educación”, pregunta John Paul Lederach, académico que ha pasado su vida estudiando procesos de paz, en una entrevista para Verdad Abierta. “El mejor indicador de justicia no es la cárcel sino la transformación profunda de las relaciones”. Especialmente tras un largo periodo de conflicto, la justicia tiene que ver mucho más con la verdad y la restauración que con el castigo. Las víctimas en Colombia merecen saber qué pasó con sus seres queridos desaparecidos, los y las campesinas merecen tener la oportunidad de volver al campo, y para perdonar, los y las colombianas tenemos que dejar de olvidar y empezar a recordar, es decir, necesitamos pasar por un intenso proceso de memoria histórica.

Y no podemos hacer como que la guerrilla “ya no existe” y guardar el problema debajo de la alfombra, que es precisamente lo que significa la cárcel para muchos colombianos. Para otros, más crueles, lo ideal sería “la pena de muerte”, pero hablan de cárcel porque suena más políticamente correcto. Aún así no puedo contar las veces he escuchado a alguien decir, sin remilgo alguno y con la más cándida honestidad: “maten a todos esos guerrilleros”. La cárcel es una muerte simbólica. Aquí está el tuétano emocional que impulsa la falacia de la impunidad: un profundo deseo de que ese “otro”, las Farc, deje de ser, desaparezca. Y un deseo como ese es contrario a un proceso de paz y reconciliación. Por eso, el posconflicto también implica pensar ¿qué hacer con todas estas personas que claman por la cárcel, pero que en realidad nos están manifestando una negativa profunda a transformar y perdonar?

Fuente: http://www.elespectador.com/opinion/falacia-de-carcel

 
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