Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Martes, noviembre 22 de 2016
 

Medios

El rastro de tu sangre en la música

William Ospina, El Espectador

Domingo 6 de noviembre de 2016

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(Este texto será leído esta semana en el Encuentro Puerto de Ideas en Valparaíso, Chile).

Hace algunos años estuve en Noruega, y supe que esos países nórdicos perdieron hace siglos, en tiempos de la peste negra, casi la totalidad de su población. Esos países ya han vivido el fin del mundo: increíblemente para ellos el Apocalipsis es un recuerdo.

Algo semejante podemos decir del mundo americano, con la diferencia de que aquí se borró laboriosamente la memoria de esa aniquilación, que ocurrió hace cinco siglos por el choque como de placas tectónicas del poder europeo con el mundo americano.

Dicen los que saben que podía haber cien millones de americanos a comienzos de 1492. Un siglo después noventa millones de personas habían muerto, víctimas del choque biológico, la llegada de la viruela y de la pulmonía, del choque militar y de la violencia que obraron sobre los pueblos nativos los invasores y sus recursos técnicos.

Nombro el choque biológico, porque es indudable, pero un testigo presencial de aquellos hechos, que llegó en 1537, y vivió aquí setenta años hasta su muerte en 1607, al hablar del tema no incluye las enfermedades entre las causas de exterminio, pero sí vio personalmente otras plagas: “Y así fue que los hombres que vinieron/ En los primeros años fueron tales,/ Que sin refrenamiento consumieron/ Innumerables indios naturales,/ Tan grande fue la prisa que les dieron/ En uso de labranzas y metales,/ Y eran tan excesivos los tormentos,/ Que se mataban ellos por momentos. // Lamentan los más duros corazones,/ En islas tan ad plenum abastadas,/ De ver que de millones de millones/ Ya no se vean rastros ni pisadas,/ Y que tan extendidas poblaciones/ Estén todas vencidas y asoladas,/ Y dellas no quedar hombre viviente/ Que como cosa propia lo lamente.// Nosotros, los baquianos que vivimos,/ Todas aquestas cosas contemplamos,/ Y recordándonos de lo que vimos/ Y cómo nada queda que veamos,/ Con gran dolor lloramos y gemimos,/ Con gran dolor gemimos y lloramos,/ Miramos la maldad entonces hecha,/ Cuando mirar en ella no aprovecha”.

Estos versos de Juan de Castellanos, poderosos en su factura literaria, directos en su expresión, claros en su contenido y conmovidos en su emoción, están entre los más altos de la lengua en el Siglo de Oro, porque lejos de filigranas retóricas son los únicos que supieron ver el hecho más estremecedor del siglo XVI: la aniquilación de una tercera parte de la humanidad.

Lo que engrandece a España y a la lengua castellana no es, como piensa el franquismo, haber sido capaces de conquistar América; es haber sido capaces de advertir el horror que se estaba produciendo por la soberbia hegemónica de unos poderes y por la ferocidad de la condición humana, y haber sido capaces de deplorarlo. Castellanos, un hombre grande del Renacimiento, al criticar la aventura conquistadora de su patria, encarnaba el humanismo, la generosidad y la comprensión de esa otra España, la que medio siglo después hizo nacer, con el Quijote, el rostro humano de la modernidad. La Conquista, con su temeridad y su barbarie, su curiosidad y su horror, es lo más comparable que haya visto la humanidad a la conquista de otro planeta. Expediciones más asombrosas que las de Bradbury, éxodos más vastos que los de la Biblia, epopeyas más vertiginosas que las sagas nórdicas, relatos más increíbles que las Mil y una noches, nos esperan en esa cosmogonía casi inexplorada.

Lo que hizo que la conquista pareciera más bien una aventura de literatura fantástica es que allí no se enfrentaron apenas unos ejércitos, unas iglesias o unas naciones, sino dioses, lenguas, mitologías y cosmovisiones radicalmente distintas, civilizaciones que crecieron aisladas por milenios. Y lo que está a punto de ocurrir en el mundo es que esas cosmovisiones que sobrevivieron a la aniquilación, todavía tengan cosas que decirle a la historia antes de que los tiempos terminen

Muchos pueblos padecieron tragedias pero no todos tienen un recuerdo tan vasto del fin del mundo, y esos recuerdos pueden ayudarnos a ser cautos en estos tiempos de peligro cósmico. Ni siquiera Noruega, que una vez murió por la peste; ni China, que ha sobrevivido a matanzas, tiranías y venenos colectivos; ni Europa, que sobrevivió a las guerras de religión y hace setenta años a los ídolos gentilicios, tienen en su pasado un ejemplo tan vasto y complejo de aniquilación de pueblos, costumbres e interpretaciones de la realidad como los hijos de este continente.

Pero existe también el recuerdo de otro prodigio: el de las fusiones culturales que resolvieron por la vía del diálogo creador los conflictos de la historia. Sé de un ejemplo instructivo: en la iconografía del Indostán, con la imagen de Ganesha, el dios con cabeza de elefante que custodia las puertas y protege las bodas y las fiestas de la abundancia, siempre aparece un ratoncito que anda a su lado. Ganesha y el ratón son inseparables, pues según los devotos el ratón es el vehículo del dios elefante, y éste no puede ir a ninguna parte si el otro no lo acompaña.

Cuántas guerras debieron librarse en años confusos e invisibles para nosotros, antes de que los pueblos del ratón y del elefante encontraran la fórmula mítica y estética que les permitiría convivir para siempre. Lo que la política eterniza en guerras y devastaciones, la cultura lo sabe resolver con pactos mitológicos, carnavales y músicas. Por ello la amistad del ratón y del elefante es todo menos una caricatura: es la alianza respetuosa de dos símbolos y de las culturas que encarnan.

Cuántas alianzas semejantes no se dieron en estos cinco siglos desde el choque inicial en tierra americana. Sin ellas sería imposible explicar la virgen de Guadalupe y la virgen de Legarda, a María Lionza, a Changó, a Yemayá y a Ochún, la diosa del amor. Sin ellas sería imposible entender la habanera, la cumbia, el bolero y el tango; el hondo clamor indígena que hay en Los ríos profundos y en Pedro Páramo, o el soplo africano de sensualidad y de fiesta que llena los poemas de Luis Palés Matos y la endiablada elocuencia de Cien años de soledad.

Sin ellas sería imposible entender el cosmos rumoroso de Jorge Luis Borges, o el hecho de que la lengua castellana nunca haya cantado mejor que en los labios de ese indio nicaragüense: Rubén Darío.

Fuentes: http://www.elespectador.com/opinion/el-rastro-de-tu-sangre-lamusica

 
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