Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Lunes, noviembre 28 de 2016
 

Medios

Doblemente infame

Renán Vega Cantor

Viernes 12 de agosto de 2016

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“El error del intelectual consiste en creer que se puede saber sin comprender y, especialmente, sin sentir y ser apasionado (no solo del saber en sí, sino del objeto del saber), esto es, que el intelectual pueda ser tal (y no un puro pedante) si se halla separado del pueblo-nación”. Antonio Gramsci

A raíz de la condecoración que recibió el profesor (hoy preso político) Miguel Ángel Beltrán por parte de la decanatura de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional, al conmemorarse sus cincuenta años, un grupo de académicos escribió una vergonzosa carta, en la que se oponía a dicho reconocimiento. A raíz de las críticas y réplicas que suscitó la actitud mezquina de esos académicos por parte de otros profesores, Jaime Arocha señaló las razones que lo llevaron a firmar esa carta, en un “artículo” publicado en El Espectador [1]. Es indispensable analizar esa columna de prensa, no porque su autor diga algo importante sino por los disparates que se exponen, y porque los mismos son un fiel reflejo de la postración de cierto tipo de academia, cada vez más conservadora y derechizada.

Los efectos de la pereza intelectual

Arocha comienza con un comentario sobre el evento en que se presentó el libro de Miguel Ángel Beltrán, Las FARC-EP (1950-2015): Luchas de ira y esperanza, que se efectuó en el Departamento de Sociología de la Universidad Nacional el 10 de diciembre de 2015. Sin ahondar en el libro, se limita a tomar de la página web de la editorial que lo imprimió una parte del comentario de la abogada Sandra Gamboa, quien fue una de las presentadoras de ese libro en la fecha mencionada. Cuestiona la afirmación, que atribuye a Sandra Gamboa, de considerar que “uno de los aportes fundamentales del volumen consiste en la genealogía de los procesos de democratización que ha construido la insurgencia armada”.

Aquí ya hay una primera falacia, que resulta de la pereza intelectual, porque Arocha no va a la fuente directa, al libro y, en contra de lo que se esperaría en un académico responsable, no efectúa una lectura exhaustiva y minuciosa que le permitan fundamentar sus críticas. No lo hace, ni siquiera a través de todo el comentario de Sandra Gamboa, sino de la parte que aparece reseñada en la página virtual donde se comenta el lanzamiento del libro. No nos extraña esa pereza intelectual, de la que Jaime Arocha ya había dado una muestra, con motivo de la difusión del Informe de la Comisión Histórica del Conflicto Armado y sus Víctimas en febrero de 2015.

En esa ocasión publicó el artículo “‘Sin coincidencias’, apareció en pantalla”. Allí, en lo que puede ser tomado como un extraordinario ejemplo de irresponsabilidad intelectual, se atreve a juzgar los resultados del Informe –algo que es perfectamente válido, tras haber leído y analizado sus 800 páginas– a partir del dudoso criterio de colocar su contenido en un buscador virtual para encontrar palabras que coincidieran. Sin ninguna vergüenza, afirmaba: “ Tan pronto las recibí, en las 809 páginas de la Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia busqué negros, afrocolombianos, palenqueros y raizales, nombres por los cuales la gente de ascendencia africana optó para que el racismo no los volviera a subregistrar en el Censo de 2005”. Basándose en ese ejercicio de notable “profundidad” y “rigor” su conclusión es increíble: al no encontrar coincidencias sustanciales de las palabras colocadas en el buscador con el contenido del informe, dice: “Ojalá ejercicios más detenidos, que además involucren la zona plana del norte del Cauca, el Afrocaribe continental y el archipiélago raizal, desmientan la conclusión de este recorrido inicial: la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, al silenciar a la gente negra, terminó por revictimizarla” [2]. Difícil encontrar un ejemplo de tanta pereza intelectual, hasta el punto que ya los “buscadores inteligentes” les evitan a los académicos tener que leer, y sin embargo en forma atrevida extraen conclusiones con las que pontifican y a partir de las cuales escriben artículos de prensa. ¿Para qué leer un texto de 800 páginas si con un buscador virtual se puede extraer cualquier tipo de conclusiones en unos cuantos minutos? Parece muy cierto con estos ejemplos que Google formatea el cerebro y genera pereza intelectual, algo que es propio del rebaño digital, al cual se han incorporado en masa cierto tipo de académicos. ¿No será que “el coste de tener máquinas que piensan es tener gente que no”? [3].

 
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