Cuando el compromiso con la lucha sindical puede costar la vida: Caso de Fredy Urrutia, presidente de Sintramienergética Seccional Zaragoza

Fredy Urrutia tiene 27 años, 8 de ellos dedicados a la actividad minera y 4 a la dirigencia sindical. Ahora, ambas actividades están en riesgo, al igual que su propia vida y la de su familia. Desde el mes de junio viene recibiendo amenazas, y muy serias por cierto, a juzgar por los detalles que se contarán en esta crónica.


El embrollo en el que ahora está metido Fredy, que lo tiene en la mira de los violentos, empezó cuando decidió hacer parte de la directiva de Sintramienergética Seccional Zaragoza, sindicato del cual es hoy presidente en representación de 655 trabajadores de la mina de oro “La Y”, que explota en Zara-goza, Nordeste Antioqueño, la Operadora Minera SAS, del Grupo Colpatria.

Las amenazas propiamente dichas comenzaron a principios de junio pasado, en medio de la huelga que el sindicato decretó tras no lograr acuerdo con la empresa en materia de aumento salarial y mejoras en las condiciones de salud y transporte; huelga que se extendió durante 75 días pero que no sirvió para que la empresa se moviera de su posición de no negociar el pliego que le presentó el sindicato. El conflicto fue a Tribunal de Arbitramento, aún en proceso de convocatoria.

Las amenazas

El 4 de junio, cuando la huelga cumplía 20 días, Fredy recibió una llamada en la oficina del sindicato, en el momento en que estaba reunido con la junta directiva. Escuchó al otro lado de la línea la voz de un hombre que se identificó como el Comandante Ómar, de las Farc. Le dijo que tenía que irse de la zona.

—Pero, ¿por qué? —preguntó—. Si yo no hago nada malo, ni me opongo a las gestiones que ustedes hacen.

—Usted es un sindicalista hablador de mierda, ya lo hemos visto hasta por televisión. La orden es que tiene que irse de la zona, o si no lo matamos.

La angustia de Fredy creció cuando el hombre mencionó a sus padres, a su esposa y a sus dos pequeñas hijas, con nombres propios y lugares de residencia. Quedó entonces en la peor encrucijada: salvar su vida y defender la integridad de su familia, o renunciar a su trabajo en la mina y a su actividad sindical.

Además no era seguro que se tratara de un comandante de las Farc, pues en esa zona del nordeste antioqueño convergen varios grupos armados al margen de la ley: Farc, ELN y grupos paramilitares que se hacen llamar Los Rastrojos, Los Paisas y Los Urabeños.

Fredy denunció la amenaza ante la Policía, la Fiscalía, el batallón del Ejército y la Alcaldía de El Bagre, municipio vecino a Zaragoza donde vive la mayoría de los mineros que trabajan en la mina “La Y”.

“La respuesta que me dieron fue que la policía iba a estar pasando por mi casa y me recomendaron que no saliera. Pero eso a mí no me daba tranquilidad, aparte de que perjudicaba mi trabajo y mi actividad sindical”, anota.

El hostigamiento no paró. Tres días después un hombre se presentó en la casa de sus padres y preguntó por él, aduciendo que era un compañero de trabajo. Como Fredy no estaba en casa, fue su madre quien atendió al desconocido, cuya descripción, se comprobaría, no concordaba con ningún compañero. Este hecho prendió las alarmas y obligó a Fredy redoblar su cautela. Por fortuna en esos días el presidente nacional de Sintramienergética estaba en El Bagre, y tuvo a bien prestarle su esquema de seguridad.

Pero no fue sino que este esquema se retirara para que volviera a recibir una nueva visita, esta vez de un hombre distinto al anterior, también desconocido. En esa ocasión él sí estaba en casa, con su padre, y ambos salieron a atenderlo.

—¿Qué necesita viejo? —le preguntó Fredy.

—Necesito al patrón —respondió el desconocido, mirando insistentemente hacia el interior de la casa, como con deseos de entrar por la fuerza.

—¿Cuál patrón? —preguntó a su vez Fredy, ya nervioso porque notó que en su bolso el hombre llevaba algo que por su forma parecía una pistola.

—El patrón de la mina.

—Aquí no vive ningún patrón.

—A mí me dijeron que vivía aquí.

—Señor, ¿usted qué es lo que busca? —terció el padre de Fredy, ya con la voz alterada.

—No, nada, disculpe, me equivoqué —reaccionó el hombre, y se fue.

De inmediato alertaron a la policía, que un kilómetro adelante logró darle alcance al hombre. Pero no le encontraron el arma en el bolso, ni el celular. Además se identificó con dos nombres, dos apellidos y dos cédulas diferentes. Esa noche lo dejaron detenido en la inspección y al otro día lo soltaron.

“Por un amigo supe que al hombre lo llamaban Chucky, un conocido paramilitar de la zona de Puerto López, un corregimiento donde los paracos se pasean vestidos de civil con los fusiles a la vista de todos”, comenta Fredy, quien está convencido de que está vivo porque “Chucky” no pudo reconocerlo.

El exilio en Medellín

Viendo que lo de la amenaza iba en serio, Fredy, con su esposa y sus dos hijas, partió para Medellín, donde pudo subsistir con el dinero de la moto que vendió.

“Lo que más me mortificaba era dejar a los compañeros del sindicato solos con esa huelga, sin la experiencia suficiente para manejar la situación. Fue duro porque con mi venida estuvieron a punto de suspender la huelga. Yo les dije que no hiciera eso, que siguieran en la lucha, que yo los orientaba por teléfono”, dice.

En vista de que la empresa seguía en su postura de no negociar nada, el 25 de julio (71 día de huelga) regresó a El Bagre para firmar, como representante legal de Sintramienergética, la convocatoria a Tribunal de Arbitramento y el acta del levantamiento de la huelga. Se acordó reanudar labores el 29 de julio.

Pero antes, el día 26, la empresa dion la orden de hacer voladuras en el interior de la mina, según Urrutia: sin seguir los protocolos de seguridad que dicha actividad requiere. De tal suerte que el día que reanudaron labores los trabajadores no tenían conocimiento de tales voladuras, y eso provocó la muerte de tres de ellos: Jeffrey Muñoz, Nelfry Silgado y Roberto Arredondo, a causa de la inhalación de los gases letales dejados por las voladuras. Diez mineros más se intoxicaron.

“Por la muerte de los tres compañeros sus familias demandaron penalmente a la empresa, porque ahí hubo culpa. Y aún no han obtenido respuesta sobre cómo las van a indemnizar. Les dijeron que se entendieran con la aseguradora, que ese no era problema de la empresa”, comenta Fredy, quien después de esa tragedia decidió quedarse en El Bagre capeando la situación. Pero eso sí, bien escondido.

Días después tuvo una agria discusión con Carlos Mario Gómez, gerente de la empresa, por el tema de la muerte de los tres mineros. “El hombre trató de explicarme que había sido un accidente normal de trabajo, a lo que yo respondí que fue un accidente provocado, y él se enojó mucho. Después le dijo a un compañero que yo debía rebajarle a esas acusaciones, que ya estaba muy mamón, palabras que yo entendí como una amenaza”, dice Fredy. Tanto así que esa misma semana decidió tomar un vuelo para Medellín.

Y eso lo salvó de morir, pues el primero de octubre lo volvieron a buscar en la casa de sus padres, esta vez dos hombres. Fue su hermano, que ese momento estaba en la puerta de la casa, quien advirtió su presencia.

—Ése es —oyó que dijo uno de los hombres, refiriéndose a él.

—No, tal vez no. Éste tiene la piel más oscura y el otro es más claro —observó el otro hombre.

Su hermano de inmediato entró a la casa e informó que afuera había dos hombres que lo querían matar. Entonces llamaron a la policía, lo que fue suficiente para que los dos hombres huyeran.

Tras ser enterado del incidente, Fredy contactó la Unidad Nacional de Protección. “Pero no me han brindado la seguridad que necesito, solo me ofrecieron un chaleco antibalas, auxilio de transporte y un celular. Eso no me va a salvar la vida ni me va a permitir seguir desarrollando mi actividad sindical”, anota.

De la empresa Operadora Minera SAS tampoco ha recibido ayuda. Cuando pidió que, por su seguridad, le proporcionaran forma de transportarse por vías fluviales, le respondieron que eso significaba poner en riesgo a los demás empleados, que él era una amenaza para ellos. “Eso mi hizo sentir muy mal, discriminado”, agrega.

En este momento Fredy sigue en Medellín, exiliado, o atrapado sería mejor decir. Extraña su tierra, sus rutinas y la gente amiga de El Bagre, donde sabe que no puede volver mientras no cuente con un adecuado esquema de seguridad. Pero lo peor es que su situación también ha afectado seriamente la relación con su familia, que constantemente lo presiona para que deje la actividad sindical.

“Esa presión me hace sentir más mal todavía. Porque yo no quiero dejar el sindicato, me identifico con la lucha de mis compañeros, me duelen las injusticias que cometen contra ellos”, concluye.