Constelación de Andrómeda

Si la cosa fuera el descubrimiento de la semana, o del mes, o del año, sería más o menos aceptable la reacción del Gobierno: “Veremos hasta dónde van las chuzadas…”.


Pero el hueso tiene más carne. López Michelsen hablaba de la mano negra que se atravesaba a todo intento de modificación, aun superficial, del statu quo; Otto Morales habló de los enemigos agazapados de la paz, y Santos, en una reacción instintiva, trató a los chuzadores del barrio Galerías de fuerzas oscuras. La extrema derecha es un cuerpo viscoso que usa lo que esté a su alcance para mantener los privilegios de que gozan caudillos, generales, jueces, cardenales, juristas eminentes, profesores eméritos, y de ahí para abajo: curas, soldados, peones, hackers. Y paga bien sus servicios. Lo notable es que es una fuerza que trasciende los personajes y los tiempos. Desde el golpe de Pasto a López Pumarejo en 1944, pasando por el “golpe de opinión” de Rojas Pinilla en 1953, por los ruidos de sables con que se amenazó a Betancur y a Samper, hasta chuzadas del DAS y ahora la tragicomedia de Andrómeda, lo que se ve —¡y hay que verlo!— es que las manzanas podridas o las ruedas sueltas dentro de las Fuerzas Armadas son muchas, son astutas y no tienen escrúpulos. Y lo peor: todo gobierno se aguanta el fermento y alimenta sus gusanos. El nuevo caso, que ni siquiera terminará en el gris nubloso donde terminaron las chuzadas del DAS, tiene a lo menos un ribete infantil: alquilar un local en un barrio rumbero, ruidoso, oliente a pollo frito, para camuflar una actividad ruin que el ministro de Defensa quiere hacernos tragar como operativo honorabilísimo, es creer que todo lo que pasa en las películas norteamericanas se toma por verdadero y real. Si era una operación tan legal, ¿por qué no instalaron a los hackers en un edificio público rigurosamente vigilado por las fuerzas del orden? ¿Por qué los metieron en un restaurante de corrientazos disfrazado de café internet, o viceversa? Al menos en el búnker del Ministerio de Defensa no los habría allanado la Fiscalía. Quizás arrendaron el sitio del chuzo para, de ser pillados, echarle el ganso a cualquier grupo de muchachos adictos al mundo digital que estuvieran jugando alguno de esos juegos truculentos de internet. O, mejor, el montaje tenía como fin facilitar que toda la información de lo que pasaba en La Habana llegara a manos de Uribe por un canal clandestino e inocente para cargar con ella los tatucos que le dispara el expresidente a la mesa de La Habana y de vez en cuando a Santos. Más de una vez Uribe ha usado información privilegiada secreta, pagada con recursos públicos, para sus campañas políticas.

Santos brincó de entrada y luego se acurrucó para pasar de agache. Es explicable: los altos mandos no se aguantan que los traten como a cualquier empleado público y los boten sin más ni más. Al fin y al cabo, tienen el poder en sus manos y en sus bolsillos. Uribe, por su lado, ha salido a gritar —ahora sí— que el jefe del Estado es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas y por tanto debería estar informado de lo que hacen sus hombres. Una figura que él no aceptaba sino en caso de victorias, pero no, claro está, en casos como los de falsos positivos. Este mundo da muchas vueltas y en una de esas —¡quién quita!— los tomates hacen blanco y la justicia bota la muleta. El presidente Santos tiene ya suficientes pruebas de la influencia que tienen las manzanas podridas y sus conexiones con el uribismo. Son, digamos, la vieja fórmula de la combinación de todas las formas de lucha, a las que se tendría que agregar la que pueden montar sobre bases no desmontadas los paramilitares que saldrán de las cárceles dentro de pocos días. ¿Pasará la investigación penal sobre Andrómeda a la justicia penal militar por ser una “actividad lícita” para desembocar en la nebulosa cósmica donde rematan siempre las investigaciones militares cuando están implicados los altos mandos? En realidad ni las chuzadas ni los falsos positivos deberían sorprender: siempre los han hecho.

Alfredo Molano Bravo | Elespectador.com

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