Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Martes, noviembre 22 de 2016
 

Paz

¿Caguanazo a las FARC-EP?

José Antonio Gutiérrez D.

Lunes 1ro de junio de 2015

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Ni siquiera Pastrana ya niega que el proceso de paz del Caguán, a finales de los ‘90, sirvió para que el Estado colombiano ganará tiempo ante unas FARC-EP que se encontraban a la ofensiva, y pudiera aplicar una profunda reingeniería militar, un aislamiento político a fondo del movimiento guerrillero –que incluyó la calificación de terroristas-, así como preparar, a través del Plan Colombia, la entrada de lleno de los gringos al conflicto –sin lo cual, ninguno de los golpes que han recibido los insurgentes hubiera sido posible.

Es decir, el proceso de “paz” del Caguán sirvió, no para una búsqueda de paz, sino para profundizar la guerra[1]. Pastrana, que aparte de ladrón salió también bufón, culpa a las FARC-EP de su “fracaso”. Sin embargo, desde la lógica oligárquica, el Caguán no fue un fracaso sino un tremendo golazo.

El bloque oligárquico se re-organiza… para el Caguanazo

A Santos también le tocó negociar para ganar tiempo. El 2012 fue un momento muy complicado: el gobierno enfrentaba ya un lustro de fortalecimiento de la iniciativa guerrillera, así como un espiral ascendente de luchas populares en todo el territorio -fundamentalmente en las zonas rurales-, cuyo inicio podemos identificar en la huelga de los corteros a finales del 2008. Si sumamos la imposibilidad, debido al conflicto social y armado, de abrir el territorio nacional a la inversión extranjera y su locomotora minera, se explica el escenario que permite el actual proceso de negociación entre insurgentes de las FARC-EP y gobierno. Mientras tanto, se embolata y posterga indefinidamente el escenario de negociaciones con el ELN, tal cual como lo hizo Pastrana. Esto parece un déja-vu.

¿Está Santos preparando su propio Caguanazo a las FARC-EP? Es una probabilidad bastante cierta. El ingenuo optimismo de los opinólogos de oficio, de izquierda o de derecha, que hasta hace poco declaraban que el proceso era irreversible o que el 2015 sería el “año de la paz”, se ha evidenciado como espurio. Tan espurio como las ilusiones de quienes creían que Santos impulsaría una especie de “Frente Popular” contra el “fascismo uribista”. En esa ilusión, desconfiaron de la movilización popular, y pusieron sus fichas en el apoyo abierto o velado a un sector de la burguesía, representado en Santos. Apoyo que se expresó en lo electoral no solamente en la segunda, sino que –de manera aún más grave- en la primera vuelta. Entre los que tragan sapos para probar la mermelada y esa izquierda que lleva medio siglo como vagón de cola del liberalismo, le entregaron la llave de la paz a Santos. Y como también lo dijimos a su momento, en lugar de ese quimérico “Frente Popular”, quedó claro el día después de las elecciones, que las concesiones serían hacia la derecha y jamás hacia la izquierda[2]. Precisamente, lo que estamos sucediendo.

Con las llaves de la paz entregadas en bandeja de plata, Santos puede, en cualquier momento, cumplir lo que ha amenazado desde un primer momento: patear la mesa y volver a la guerra como si nada. Ya sabemos la línea argumentativa: “lo intentamos pero no se pudo, las FARC-EP mamaron gallo, rompieron su cese al fuego unilateral en Buenos Aires, nos tocó defender la población atemorizada de retaliaciones, tuvieron su oportunidad, nunca habíamos avanzado tanto pero nuestra voluntad tiene límites”. Y con la pedagogía de la guerra que ha desarrollado durante este proceso de “paz” en medio del conflicto, hoy tiene, quizás, más respaldos políticos para romper la mesa que para alcanzar un acuerdo con los insurgentes. Triste, pero cierto.

El gran ausente: protagonismo popular

Lo único que podía haber inclinado la balanza a favor de una solución negociada al conflicto –y en cuanto negociada, parcialmente favorable a los intereses populares- era la movilización y la presión permanente de las bases sociales. Era demostrar que el pueblo es quien tiene las llaves de la paz. Era seguir con la escalada de protestas y presión popular que llevó a Santos a la mesa y que hizo que Santos abriera foros y espacios participativos, por restringidos que fuesen, a las expresiones populares para discutir sus problemas más acuciantes desde la perspectiva de la agenda de negociaciones. Era poner a la movilización y la lucha popular como el actor principal de la solución política, y llevar a la oligarquía al único terreno de lucha en el cual no tiene el toro por las astas –el terreno de la lucha de clases.

El escenario del Paro Agrario del 2013 generó espanto en la oligarquía colombiana: no solamente la acción decidida de los campesinos dejó en claro que la política de Desarrollo Nacional, junto al aperturismo económico neoliberal, eran insostenibles, sino que planteó un escenario de convergencia entre el campo y la ciudad, con millones de personas solidarizándose en los centros urbanos, que tenía un gran potencial transformador. Santos inmediatamente comenzó a maquinar la desmovilización de esa fuerza social. Con algunas platicas, logró calmar momentáneamente los ánimos sin tener que hacer ningún cambio de fondo. Luego, instaló mesas de negociación que no resuelven nada. Como dijo un dirigente de base, a los campesinos los traen como carro viejo: de taller en taller. Luego, agitando el coco de Uribe, se encargó de que las fichas liberales que tiene en el campo popular instalaran el consenso sobre lo “inoportuno” de movilizarse contra Santos en el contexto de las elecciones. Luego, la coyuntura electoral, sumada al electorerismo inveterado de cierta izquierda que confía más en la autoridad –aun pese a ser mitómana, irresponsable e incumplidora- que en el pueblo, una izquierda que encuentra preferible los acuerdos con Santos a una movilización de masas que se les salga de las manos, han dado el golpe de gracia a la desmovilización popular. Se reproduce esa tendencia descrita por Marco Palacios para esa izquierda, “siempre confiada en las virtudes de la elite jacobina (…) Con Lenin, siempre habían desconfiado del ‘espontaneísmo de las masas’”[3]. Es muchísimo más fácil desmovilizar al pueblo que volverlo a movilizar: la fórmula de “no salgamos hoy, aunque la gente está arrecha, saldremos mañana”, en la práctica, nunca ha funcionado. Santos emergió de esta coyuntura como triunfador, gracias al apoyo tácito o explícito de un importante sector del movimiento popular, y logra así recomponer la hegemonía del bloque dominante.

El callejón sin salida de los gestos unilaterales

En el campo militar (que jamás en un conflicto social como el colombiano es el decisivo) también Santos logra neutralizar el peligro. No me extenderé mayormente en esta ocasión sobre el impacto de los gestos unilaterales, precisamente en momentos en que toda acción debería ser bilateral; ya me he referido a eso recientemente[4]. El problema de fondo es que el gobierno ha apostado, exitosamente, por debilitar al adversario en el contexto de las negociaciones para sacar o una “paz barata” (para ellos, cara para el pueblo) o un retorno a la guerra total en condiciones más favorables para sí. Si la insurgencia está debilitada o no, es un asunto que no puede ser abordado como una cuestión absoluta, pero lo cierto es que las FARC-EP se encuentran hoy con alrededor de 100 guerrilleros muertos en bombardeos y acciones militares desde que declararon su cese al fuego unilateral (casi 50 en las últimas dos semanas), eso sin contar los múltiples arrestos y capturas, así como la pérdida de la iniciativa militar. Es decir, el cese al fuego unilateral fue un festín para el guerrerismo. En términos relativos, claro que la insurgencia se ha debilitado militarmente con el cese al fuego unilateral, mientras que en lo político no ganó prácticamente nada: los medios siguen con su demonización como si nada, aplaudieron cada golpe que se les dio en este período, montaron escándalo por cada acción defensiva, y ahora responsabilizan a las FARC-EP por la escalada de violencia. Esto, mientras también se asesina y encarcela a los luchadores populares, pues esta guerra no es sólo contra la insurgencia sino que contra todas las expresiones del pueblo organizado.

Las reglas del juego están claras: Santos no necesita dar ninguna muestra de reciprocidad pero puede pedir todo el tiempo más y más gestos unilaterales a la insurgencia. Él sí puede asesinar incluso a dos miembros del equipo negociador de las FARC-EP, tal cual antes había asesinado al comandante insurgente Alfonso Cano, pero los guerrilleros no pueden siquiera capturar a un general en un golpe de mano –caso del general Alzate- porque Santos patea la mesa. Las FARC-EP solamente están autorizados a matar a soldados pobres, porque eso sí no molesta mayormente al establecimiento –aunque le saquen provecho mediáticamente. Por eso es que al bloque dominante le importa un pepino si la guerra continúa o no, siempre y cuando el escenario que sea les garantice el máximo de beneficios; es decir, que se maten entre pobres, mientras la oligarquía disfruta de las mieles del saqueo generalizado al pueblo colombiano sin que nadie le moleste.

Entender el momento sin falsas ilusiones en la oligarquía: ni irreversibilidad ni fatalismo

Así las cosas, todo parece indicar que se viene un Caguanazo a las FARC-EP. O se rinden o se vuelve a la guerra total, pero el Estado ya está en una posición mucho más fuerte. De concretizarse este escenario, estaríamos no solamente ante un revés histórico para los insurgentes, sino que el conjunto del movimiento popular, tanto quienes se identifican con la salida negociada como quienes no, sufrirían un golpe del que tardarían años, sino décadas en recuperarse. Se equivocan quienes piensan que una rendición o derrota de la insurgencia, o la firma acelerada de la “paz exprés”, servirían para abrir un espacio político a nuevos movimientos sociales de corte progresista, hoy represados, supuestamente, por la “guerra” (en abstracto). Para lo que servirían es para fortalecer a la misma oligarquía de siempre en un auténtico carnaval reaccionario. Ese bloque dominante es la verdadera represa para los movimientos populares –la guerra, apenas la expresión de su forma de dominación concreta.

También constituye un error hacerse falsas ilusiones en torno al supuesto carácter progresista de Santos de cara al uribismo: una lectura errónea que lleva a políticas desastrosas. Decir que el carácter zigzagueante y la incapacidad de Santos para cumplir sus compromisos, así como su persistencia en la arremetida militar contra los insurgentes, tendrían que ver con supuestas presiones sobre él (que sin duda las tiene, pero no determinan su comportamiento), es una falta de sentido histórico, es desconocer la naturaleza de la oligarquía colombiana e ignorar el carácter concreto de la lucha de clases en Colombia. ¿Piensan, ingenuamente, que de no ser por el coco uribista Santos sería un paladín de los pobres y un demócrata de tomo y lomo?

Es necesario entender el carácter de esta oligarquía, entender el sentido de la negociación y el hecho de que reposa sobre un equilibrio precario de fuerzas y no sobre sencillas voluntades, para poder superar el actual momento desde la lucha popular, mediante hechos concretos, no mediante súplicas a la rancia oligarquía[5]. Esa es realmente la única esperanza que tiene el sector popular en la actual coyuntura. Santos no es invencible, pero seguirá siéndolo mientras sea él quien define el terreno de lucha. Pero así como no debemos sobrevalorar a Santos, tampoco debemos desestimarlo. Una nota de Anncol plantea que Santos es un tigre de papel. Quizás así lo sea; pero no podemos dejar la cita de Mao incompleta. Hay que recordar que aún el tigre de papel tiene colmillos y garras[6]. Y eso es lo que ha sabido mostrar en estas semanas el “presidente de la paz”. Hay que demostrar que el viejo topo[7] también tiene sus garras.

José Antonio Gutiérrez D.
29 de Mayo, 2015

 
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